Sacar la basura 2


Segunda entrega de «Desde las cenizas»

La puerta cedió con una desconcertante facilidad. Bastó una patada para que el débil pestillo saltase por los aires.

Max, encogido en posición fetal contra una esquina de lo que en su tiempo debió ser el cuarto de estar, no se inmuto. Ni siquiera abrió los ojos.

Entraron dos tipos. Uno de ellos pulsó el interruptor en la pared y una sucia bombilla parpadeó en el techo un par de veces antes de encenderse e iluminar todo con su luz macilenta.

—Esto servirá —dijo una voz ronca—. ¡Aquí, jefe! —añadió gritando.

Max no abrió los ojos. Solo se acurrucó aún más. Si no se movía, tal vez se fueran.

Más ruido. Forcejeo. Y una voz de mujer.

Desde las cenizas (II): sacar la basura

—¡Suéltenme!

Max abrió los ojos. Apartó las manos de su cara levemente.

¿DK?

Vio como dos hombres metían a la fuerza en su casa a una mujer. Un tercero, altanero, los seguía.

¿DK?

Dos hombres más estaban cerca de él. Parecían no haberse dado cuenta de su presencia.

¿DK?

No. No era DK. Esta chica era negra. Pelo corto o recogido. Minifalda. No era DK.

—Idos de aquí —dijo Max, en un murmullo inaudible.

El altanero cerró la puerta tras de sí. Esta, al no tener nada que la sujetase al quicio, chirrió al volverse a abrir por el impulso.

—Bah —dijo el altanero—, tampoco es que vaya a venir nadie.

Empujaron a la chica contra la pared, que resbaló la espalda por ella hasta quedar en el suelo.

—Idos de aquí —volvió a decir Max, un poco más alto. Pero nadie pareció escucharle.

El altanero, mejor vestido que el resto, se puso en cuclillas frente a ella y con un dedo debajo de la barbilla la hizo alzar la cara. Max pudo verla con más detalle: tenía un pómulo hinchado y de la nariz y los gruesos labios le caían sendos hilillos de sangre.

—Ahora sí, Elenita, es hora de que arreglemos cuentas. No debiste haber dicho…

—¡Idos de aquí! —gritó Max con tanta fuerza que le dolió la garganta.

Todos los hombres se giraron hacia él.

—Pero si este bulto es un man —dijo el primero que entró, el de la voz ronca.

—Puta madre —exclamó con fastidio el altanero, apartándose de la chica—. Sáquenle de aquí.

El de la voz ronca se acercó hasta Max junto con otro tipo que cuyos ojos, nariz y boca estaban muy juntos en el centro de una gran cara rechoncha, que más que estar sobre una cabeza parecía ser un músculo más de los que estaba sobrado: si tenía cuello, lo disimulaba bastante bien. Max no pudo evitar fijarse en esos detalles cuando le cogió por la axila para levantarle. Le olía el aliento y apestaba a sudor.

Pero no era tan fuerte como aparentaba.

—Maldito seas, cabrón. —dijo el de la voz ronca mientras Max se revolvía sin dejarse sacar de su propia casa. Finalmente, los dos matones, sorprendidos, le empujaron de nuevo al suelo.

—Bah —dijo el altanero, divertido ante la situación—. Con que no joda, me basta. Denle una lección.

En el suelo, apoyado sobre los codos, Max recibió el impacto de una zapatilla deportiva en la mandíbula y luego el de una bota en el estómago. Dolió, sí, pero de nuevo las apariencias engañaban. O no se estaban esforzando, o eran de esos que no pasaban de hacer mucho teatro.

Se dejó caer hacia un lado y se cubrió con los brazos mientras seguía recibiendo patadas. Entre las piernas de sus agresores, pudo ver como el altanero volvía a prestar su atención a la chica. La empujó hasta que quedó tumbada en el suelo.

—No va a ser rápido —alcanzó a oír Max que decía el altanero—. Antes nos vamos a divertir un poco. Todos. Para que te vayas sabiendo lo que les pasa a las que hablan demasiado.

Los golpes seguían cayendo. Alguno le alcanzaba en la cara si no lograba cubrirse a tiempo. Se notaba que no se estaban esforzando. Él solo era un entretenimiento casual.

Entonces, vio como el altanero le desgarraba el top a la chica, dejando libres unos pechos pequeños pero bien formados. Después, le alzó la falda y de un violento tirón le arrancó las bragas. Se incorporó y se desabrochó los pantalones.

Sabía qué iba a venir después.

Y él lo iba a ver todo.

No era su problema. Pero…

Pero…

El altanero se arrodilló y le separó las piernas a la chica, que se revolvía sin resultado.

—Id preparando las vergas, que se las va a comer todas. Se va a ir al otro mundo bien cenada.

Suficiente.

# # #

Mientras recibe el impacto de una patada de cara rechoncha en el estómago, coge el pie de voz ronca antes de que impacte en su rostro y tira de él con fuerza hacia arriba, consiguiendo que su dueño caiga hacia atrás y se golpee la cabeza contra la pared. Al mismo tiempo, se impulsa con el otro brazo para incorporarse lo suficiente como para quedar de rodillas frente a un sorprendido cara rechoncha, que no acierta a cubrirse ante el impacto del cabezazo que recibe en la entrepierna.

Mientras cara rechoncha se encoge sobre sí mismo, Max se pone en pie. Ha soltado a voz ronca, que está en el suelo sin alcanzar a reaccionar todavía. Extiende una pierna hacia delante y le da una patada en la boca a cara rechoncha, cuyos dientes saltan por los aires mientras cae hacia atrás, sobre altanero.

Baja la pierna y con ella se impulsa para saltar sobre el pecho de voz ronca. Siente como crujen sus costillas, como se parte el esternón en varios pedazos. Desde el pecho del hombre, salta de nuevo, ahora en dirección a los otros dos que estaban sujetando a la chica. La han soltado y han dado un par de pasos hacia atrás. Eso le basta.

Cae cerca de la cabeza de la muchacha, con su pie a centímetros de su cara mientras mantiene el otro en el aire. Con los brazos extendidos, se inclina lo suficiente como para agarrar las cabezas de los compinches y, con el peso de su cuerpo, los empuja hacia atrás. Desplaza la pierna que tenía en el aire y ahora, con más apoyo, choca las cabezas de los dos, pero no las suelta, sino que empuja más hasta que caen al suelo. Allí, da con ellas dos golpes secos que dejan el suelo alrededor salpicado de sangre espesa.

Los suelta, se hinca en una rodilla y se pone en pie.

Se da la vuelta. Y mira.

# # #

Voz ronca estaba tirado en el suelo, gritando de dolor. Altanero estaba quitándose de encima a cara rechoncha, que estaba inconsciente o tan aturdido que no podía reaccionar como para apartarse de su jefe.

Detrás de él, dos cuerpos y sangre en el suelo.

Delante, también desde el suelo, la chica le observaba con los ojos abiertos como platos. O por lo menos, tanto como podía abrirlos.

Así que había vuelto a hacerlo. Ni siquiera se lo había planteado. Fue una reacción visceral, espontánea. Creía que ya lo controlaba lo suficiente como para que solo pudiese hacerlo a voluntad. Este tiempo le debía de haber oxidado un poco.

Pero se sentía bien. Muy bien.

Altanero se libró por fin del cuerpo de su matón y se puso de pie mientras sacaba una navaja. Eso le hizo volver a la realidad.

No necesitaba entrar al vacío para acabar con él.

Con determinación, rodeó a la chica que permanecía en el suelo. Altanero trató de retroceder, pero cuando le tuvo lo bastante cerca, lanzó una finta con la navaja que Max esquivó con facilidad. Con un movimiento seco, le agarró de la muñeca con la que sujetaba el arma y se la rompió. Con el otro brazo, le clavó un puñetazo en la boca del estómago.

Y otro.

Y otro.

Y otro.

Empujó a altanero hasta la pared. Le soltó la muñeca y le agarró del cuello. Volvió a golpearle en el estómago. Y otra vez. Y otra vez. Y otra…

—¡Basta! —gritó la muchacha. Estaba de pie, junto a él. Le agarraba del brazo.

Max miró al altanero. Le caía sangre por la boca. Le había reventado algo por dentro.

Quería seguir pegándole. Porque sabía que se lo merecía. Y porque sabía que no era a él a quien pegaba, sino a… No sabía a quién, pero no era a él.

Era a su pasado. Era a todo lo que había ocurrido. Aquel bastardo había cometido una equivocación al elegir ese lugar para violar a aquella pobre chica. Al pasar por esa puerta, sin saberlo se había convertido para Max en la encarnación de todo aquello que había quedado atrás y que no podía ni maltratar, ni golpear, ni matar.

Miró a la chica. Uno de sus ojos estaba entrecerrado por la tremenda hinchazón del pómulo. No podía distinguir con claridad si la nariz también estaba rota. Estaba medio desnuda, lo que le permitió ver que tenía golpes y cortes por todo el cuerpo.

Aunque en realidad ella no había sido la razón por la que estaba a punto de matar a ese hijo de puta, se lo tenía bien merecido.

—¿Qué es, tu chulo? —le preguntó a la chica.

—¿Mi qué? No sé que es eso —respondió ella—, pero se nota que no eres de por aquí, ¿verdad? Si le matas tendrás más problemas que si no lo haces.

Max observó a la chica con detenimiento. Parecía más tranquila de lo que debería. Tal vez tenía razón.

—En serio. Es así. —insistió ella.
Miró al altanero. Después le soltó el cuello. Mientras resbalaba por la pared, le soltó otro puñetazo, ahora en la cara, y se terminó de desplomar.

Se dio la vuelta hacia la chica. Le sonreía.

—¿Estás bien? —dijo Max.

—Sí… —dijo ella, vacilante— O creo que no. Creo que no estoy bien…

Max alcanzó a cogerla antes de que su cuerpo inconsciente diese contra el suelo.


Desde las cenizas (II): sacar la basura

Max estaba sentado en una sala de espera vacía. No sabía que hora era, pero siendo de noche y urgencias, había esperado encontrarse con más gente.

Había ido al hospital que le dio la gana al primer taxista que tuvo algo de decencia para detenerse mientras él le hacía señas trabajosamente a la vez que cargaba con el cuerpo de la chica. El trayecto fue largo y sospechó que le estaban timando, pero tampoco podía hacer mucho. Por suerte, había cogido algo de dinero antes de salir.

Y precisamente era el dinero lo que le había impedido marcharse. Iba a irse pero una enfermera se lo impidió. No por cuestiones humanitarias, ni tampoco para curarle las heridas que ya se iban curando solas con rapidez, sino porque alguien debía responsabilizarse de la cuenta en el caso de que la muchacha no recuperase la consciencia. Le pidieron una identificación y, como no llevaba, simplemente le forzaron a que se quedase allí.

Eso era lo que pasaba cuando te involucrabas en asuntos que no te incumbían: que te arrastraban hasta su pozo. Y bastante tenía él con el suyo.

Pero tampoco podía haberles dejado hacer lo que iban a hacer.

Bastante había ido en contra de sí mismo como para terminar de derruir todo aquello en lo que creía. La hubiesen violado salvajemente delante de él y luego la hubiesen matado. Ante sus ojos.

Y aún no estaba tan abajo como para permitirlo.

La misma enfermera que no le dejó marchar entró en la sala de espera.

—Ya despertó —le dijo con desprecio—. Puede entrar a verla o largarse, como prefiera.

Max se levantó y abandonó la sala de espera. Se detuvo en el pasillo.

Miró en la dirección de la salida.

Había tenido suficiente por hoy. Cumplió con su deber y con eso podía darse por satisfecho. Todavía no había caído tan bajo.

Pero todavía no podía subir.

No. No podía. Y tampoco debía intentarlo. Si lo hacía, lo más probable era que resbalase y cayera. Y si lo hacía, entonces si era más probable que cayese aun más abajo de lo que estaba en aquellos momentos.

Y de todas formas…

Cerró los ojos. Emitió un sonoro suspiro y caminó hacia la zona donde había dejado a la chica.

Descorrió una cortina y la vio allí, tendida en una camilla, cubierta con una sabana, con apósitos en la cara, en los brazos y seguramente en otras partes del cuerpo que ahora tenía tapadas. Una botella de suero se conectada a su cuerpo por un delgado tubo de plástico. Ella le miró con su único ojo sano cuando se acercó e intentó sonreír, aunque ese gesto se terminó convirtiendo en una mueca de dolor.

—Gracias por todo —dijo ella cuando por fin pudo hablar. Lo hizo en voz baja y ronca.

Max asintió como toda respuesta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

Max sacudió la cabeza hacia los lados, como restándole importancia a su nombre.

—Me iban a matar. Me salvaste la vida.

Él se encogió de hombros.

—Siento todo esto. No fue culpa mía. De verdad que…

Max alzó las manos, indicándole que se detuviese. Después, mirando a un lado, habló por fin.

—Mira… Tengo que ir a casa. Debo sacar la basura.

—No te preocupes —dijo ella—. A estas alturas ya se habrán ido.

—Quizá. No me importa.

Max hizo ademán de irse. Ella intentó estirar una mano para detenerle pero todo lo que consiguió fue emitir un quejido de dolor. Max se detuvo.

—Seguro que volverán a buscarte —dijo ella.

—Sé que lo harán —contestó él con sequedad.

—¿Y qué vas a hacer? Si me dejas, yo puedo…

—No importa. No puedes hacer nada. Mira como estás. Y si vuelven… Bueno, si vuelven, haré lo mismo que hice antes.

De nuevo, la chica se quejó de dolor, pero Max ya se había dado la vuelta y caminaba en dirección a la salida.

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