Categorías
Historias

Plano secuencia (VI): INT. Casa en Los Trueques – DÍA

Desorientada, la criatura tropezó con sus patas delanteras y cayó al suelo de manera ridícula. Su larga figura quedó tendida de lado mientras intentaba comprender qué había pasado.

Lo último que recordaba era deambular por las calles, venteando el aire para ver si conseguía encontrar el camino de regreso hasta la manada. Pero fue inútil, tan inútil como durante las largas horas previas que llevaba extraviada.

Con algo parecido a un relincho, la criatura hizo un esfuerzo por volver a ponerse sobre sus cuatro patas. Estaba cansada y hambrienta, por lo que no fue fácil. Haciendo fuerza con sus cuartos traseros, alzó la grupa mientras se apoyaba en las torpes patas delanteras, ligeramente más pequeñas que las traseras. Su piel traslucida y viscosa dejaba ver como se tensaba el complejo sistema de músculos y tendones de color grisáceo, parecido al de un cadáver en descomposición. Cuando por fin consiguió adoptar una postura estable, alzó su cabeza fusiforme, de fauces alargadas.

El olor de aquel lugar era muy parecido a donde se encontraba antes, pero un matiz sutil lo delataba como diferente. Sentía algo similar a cuando los amos trasladaron a toda la manada a aquel otro sitio en el que los dejaron libres para alimentarse con todo aquello con lo que se cruzasen. Y con lo que se cruzaron mayormente fue con humanos. Aquí también olía a humano, pero de forma distinta. No importaba: era humano y eso significaba alimento.

La criatura giró sobre sí misma, tratando de identificar de dónde venía el olor con más intensidad. Por accidente, golpeó una mesita baja y un juego metálico de té con propósitos decorativos cayó al suelo con estrépito.

—¿Quién está ahí? —dijo una voz que la criatura no comprendió pero que sirvió para por fin orientarla en la dirección precisa.

Dobló las patas delanteras e inclinó la cabeza hacia delante. Quiso rugir pero solo le salió un gruñido lastimero. Trató de enfocar la mirada, pero no lo consiguió. Demasiada desorientación, demasiada distancia recorrida, demasiado tiempo sin comer.

La criatura se quedó todo lo inmóvil que pudo, expectante, pero sus cuartos traseros temblaban por la tensión. Entonces vio aparecer una figura que caminaba con lentitud hacia ella, tambaleándose ligeramente.


Cuando la anciana vio lo que había en su salón, sonrió. De nuevo, un perro se había colado vete a saber por donde, por alguna ventana abierta o tal vez por la puerta. ¿Había cerrado la puerta? Hubiese jurado que sí, pero tampoco sería la primera vez que se equivocaba.

No era que le importase demasiado. Incluso lo agradecía, especialmente cuando alguno de ellos, tras haberse escapado de alguna casa donde los trataban como un estorbo, se quedaba con ella varios días. Le hacían un poco de compañía, algo de lo que estaba muy necesitada.

La anciana trató de enfocar la mirada en el perro pero no pudo distinguir mucho más que una gran mancha blanquecina: su deteriorada vista no le daba para mucho más. Caramba, este era más grande de lo habitual. Mucho más grande. Seguro que su dueño estaría buscándolo. Nadie se desharía de un perro de ese tamaño.

—Tienes hambre, ¿verdad, grandullón? —dijo, acercándose más al perro. Este gruñó cuando ella extendió la mano hacia él y la retiró rápidamente. Ya se había llevado más de un disgusto por hacer eso, pero nunca conseguía acostumbrarse a dejar de hacerlo. Además de comida, buscaban cariño. Claro, que era mejor darles lo segundo después de lo primero.

La anciana se dio la vuelta y, tras palmearse un muslo varias veces con la mano, se dirigió hacia la cocina.

—Vamos, vamos, que tengo algo para ti.


La criatura observó desconcertada a la anciana. Aquella no era la reacción que solía provocar en un humano. Lo habitual era que huyesen o le atacasen, no que lo tratasen con cariño, algo no hacían ni siquiera los amos.

En cualquier caso, no importaba: era comida.

Dobló las patas traseras para impulsarse y saltó.


Apoyada en el quicio de la puerta de la cocina, la anciana se volvió al oír el ruido de algo pesado cayendo contra el suelo.

—Estate quieto, que me vas a destrozar la casa —le dijo con dulzura, alzando la voz mientras entraba en la cocina.

Ojalá no fuese uno de los revoltosos. Esos dejaban siempre todo hecho un relajo y solo se podían volver a poner las cosas en orden cuando su hijo le visitaba. Con su vista, era muy fácil que se quedasen los muebles descolocados o los pedazos de algún jarrón rotos por ahí sin que se diese cuenta. Una vez, uno de esos perros no paraba de moverse por todas partes y le terminó por mover su butaca favorita. Ella no se dio cuenta y, cuando fue a sentarse, se dio un costalazo que le dejó resentida la espalda hasta el día de hoy.


La criatura tuvo que esforzarse para volver a ponerse en cuatro patas. Demasiado cansada. Demasiado hambrienta. Demasiado débil. Ya no era solo que no tuviese fuerzas para abalanzarse sobre la humana, sino que sabía que no podría ni siquiera desgarrar su carne para alimentarse de ella. La mandíbula le temblaba al igual que las patas, y algunos músculos le latían con violencia. Con todas las batallas en las que había participado, ahora iba a morir de hambre.

Caminando vacilante, la criatura siguió a la humana. Quizá no consiguiese saltar sobre ella, pero a lo mejor, si reunía las pocas fuerzas que le quedaban, lograría morderla y arrancar un pedazo de carne que le ayudase a reponerse lo suficiente como para arrancarle otro más y continuar así hasta devorarla por completo.

Sí, eso haría. Porque era lo único que podía hacer. La otra opción era dejarse caer al suelo y morir.


La anciana abrió la puerta del mueble que había bajo la encimera y metió la mano hasta que, tanteando, encontró lo que buscaba. Con un esfuerzo que le hizo crujir los huesos, extrajo un saco de pienso para perros. Después, buscó en el fregadero el enorme cuenco que usaba en estos casos y lo puso en el suelo. Echó en él una buena ración de pienso y llamó al perro.

—Vamos, ahora no seas tímido. Que sé que te estás muriendo de hambre.

La anciana vio como la enorme figura entró hasta quedarse en mitad de la cocina. Empujó el cuenco con el pie en su dirección.

—Venga, que es para ti.


Cuando la criatura entró a la cocina, su olfato se vio inundado por una miriada de olores. ¿Cómo había podido ignorarlos hasta ese momento? Debilidad, era eso. Demasiada debilidad.

Un olor en especial le llamó la atención. Venía del suelo, junto a la anciana. Se acercó hasta el lugar. ¿Qué era aquello?

Era comida. No sabía de que clase pero su instinto le decía que aquello se podía comer. No tendría que desgarrar ni arrancar nada. Tan solo abrir la boca y comer.

La criatura hundió el hocico en el cuenco.


La anciana se quedó mirando la enorme mancha blanquecina que masticaba ruidosa y apresuradamente las bolas de pienso. Con aquel tamaño, era normal que tuviese hambre. Debía de ser tan grande como un león. Ella solo vio un león una vez, hace muchos años, cuando vino el único circo que había llegado a pasar por la isla. Su padre, que por entonces estaba trabajando en las obras del nuevo edificio del ayuntamiento, se enteró meses antes y estuvo ahorrando para llevarles a su hermano, a su madre y a ella. Tenían trapecistas, payasos, dos leones y un elefante. El elefante se escapó y armó un buen destrozo. Fue muy divertido. Los niños le siguieron a lo lejos mientras embestía todo aquello con lo que se encontraba. Pero el final fue triste porque tuvieron que matarlo ya que no hubo otra manera de detenerlo.

Abstraída en sus recuerdos, le pareció que el perro terminó con el pienso con más rapidez de lo que esperaba. Ahora estaba gruñendo de nuevo, pero con más energía que antes.

—Ya, ya —le dijo, mientras se acercaba de nuevo al saco de pienso.

Lo cogió trabajosamente y, cuando iba a volcar un poco más en el cuenco, se le resbaló y cayó al suelo. Como lo estaba sujetando por uno de los extremos, el saco se rajó y las bolas se desparramaron alrededor. El perro saltó sobre ellas.

—Pues sí tienes hambre, sí —dijo la anciana, retirándose a un lado. Tendría que comprar más pienso, porque estaba claro que se lo iba a comer todo. ¿Cuándo había dicho su hijo que vendría a verla? Porque se lo tendría que encargar a él, como siempre. No le gustaba quedarse sin comida para los perros. No era solo que le diese pena por los pobres animales, a los que siempre había tenido cariño, sino que también le daba miedo. Era vieja y estaba sola y medio ciega. Temía que si no encontraban algo con lo que llenar el estómago, decidiesen que ella les valía para calmar el hambre. Eso era lo que de verdad se escondía detrás de lo que su hijo pensaba que era un exagerado amor por los animales.

Sí, era amor. Pero también era terror.


Cuando acabó con todas aquellas bolas, la criatura se giró hacia la anciana. Seguía con hambre, pero ya no se sentía tan débil.

La observó con detenimiento. Era menuda y se movía con dificultad. Su piel apergaminada parecía recubrir directamente sus huesos, sin nada de carne de por medio. Sería presa fácil pero no muy sustanciosa. Sin embargo…

Podía sentir su miedo, sí, pero era confuso. Era un miedo que estaba recubierto de otra sensación. Se parecía a lo que percibía en los amos, que se aproximaban a él con firmeza pero con cautela, con un miedo parecido al que emanaba aquella humana. Por encima de ese miedo, los amos transmitían seguridad, confianza, poder. Pero la humana transmitía otra cosa.

Cariño. Afecto.

La criatura dudó. Solo había percibido algo similar en momentos previos a la cópula. Era muy confuso. Todo era demasiado confuso.

Miró hacia los lados y después empezó a caminar lentamente. Tal vez sería mejor dejar en paz a aquella humana. Al fin y al cabo, le dio de comer. Y donde había humanos, solían haber muchos más. Podría encontrar otro con facilidad.

Entonces, oyó un ruido.

Venteó el aire.

Claro que sí. Había más. Y muy cerca de allí.


La anciana, que contemplaba la mancha que era el perro mientras se movía, se sobresaltó al oír chirriar la puerta de la calle.

—¿Bernabé? —dijo ella en voz alta.

De pronto, la mancha salió corriendo de la cocina.

—¡Bernabé, cuidado! —gritó la anciana.


La criatura corrió en dirección al otro olor humano que acababa de captar. Era un olor a joven, a carne tierna y jugosa.

Volcó una silla al atravesar la sala como una exhalación, impulsada por sus musculosas patas ahora con renovada energía. No era mucha pero sería suficiente como para…

Ahí estaba. Era otra hembra humana, mucho más joven. La criatura se sintió orgullosa de sí misma al ver que la humana, asustada, se resbaló y cayó al suelo. Estaba aterrorizada. Mejor, mucho mejor. Ese era el efecto que esperaba causar.

Con sus poderosas ancas, la criatura saltó sobre la humana y…


Despareció.

Rita, apoyada sobre un codo, se quedó mirando el espacio vacío que antes estaba ocupado por una monstruosidad que iba a caer sobre ella.

¿Lo había imaginado? No, no podía ser. Lo había visto claramente. Era… era… era como un… ¿tigre? ¿Una pantera? Algo así, pero mucho más feo.

Apenas dejó de contener el aliento, su cuerpo empezó a temblar violentamente. ¿Lo había visto en realidad? No era la primera vez que veía cosas que luego no estaban allí, y más en el estado en que se encontraba ahora. Pero siempre las veía por el rabillo del ojo y nunca desaparecían así, de improviso. Lo hacían solo cuando miraba a otro lado.

—¿Bernabé? —oyó Rita mientras se ponía en pie con dificultad. Un flan tenía más consistencia que sus piernas.

Ahí estaba la vieja. Salía de la cocina y caminaba hacia ella. Rita miró a su alrededor. No había rastro de esa pantera o lo que fuese. Tenía que ser culpa del síndrome de abstinencia. Debía apresurarse a hacer lo que había venido a hacer. Si pasaba mucho tiempo, podría ponerse peor.

—Bernabé, ¿eres tú? ¿Te ha hecho algo el perro? —insistió la vieja, acercándose con ese paso lento y enervante con el que se movía a todas partes. Dios, no la aguantaba. Las dos veces que vino con Bernabé a visitarla, terminó de los nervios. Vieja asquerosa, tendría que haberse muerto ya. Si hasta apestaba a cadáver. Parecía un zombie, tambaleándose al andar, con las manos extendidas hacia delante, echando una peste que parecía salida de un ataúd mal cerrado.

Aturdida todavía por la sorpresa, Rita no atinó a reaccionar mientras la anciana se acercaba hasta ella. Solo cuando vio su mano a centímetros de su cara dio un paso atrás.

—Tú no eres Bernabé. ¿Quién eres? ¿A qué has venido?

Mierda. Seguro que se iba a poner a gritar de un momento a otro. Tenía que hacer algo. Lo que fuese. Era eso o huir. No la había reconocido, así que luego no podría decirle a su hijo que ella había estado allí. Todavía podía escapar y olvidarse de todo.

Pero de lo que no se olvidaría era de la urgencia que sentía en el interior de su cuerpo. De la sangre hirviente que corría por sus venas, abrasándola desde dentro. De los sudores fríos. De los mareos. De las cosas que iba a empezar a ver dentro de poco, como esa que había saltado sobre ella.

Rita se mordió el labio inferior y empujó a la anciana hacia atrás. Esta trastabillo, pisó una tacita de metal que estaba caída junto a sus pies y fue a dar al suelo, dándose un fuerte golpe en la espalda. Ahora sí, Rita pudo reaccionar con mayor velocidad. Saltó sobre ella, se sentó sobre su pecho y le tapó la mano con la boca.

Entre sus piernas, la anciana se revolvió. Rita volvió a mirar a los lados. Tenía que encontrar algo con lo que amordazarla. Aquello estaba siendo un desastre. Debería haberlo preparado con anterioridad, pero la idea se le ocurrió mientras iba de camino a ver a SeñorSugar, su proveedor habitual. Estaba desesperada. Iba dispuesta a ofrecerse para lo que hiciese falta, incluso a pesar de que sabía que ya no aceptaba sexo a cambio de merca. Pero era la única opción que le quedaba, apelar a un par de perversiones que SeñorSugar no había podido satisfacer con ella. Era su último recurso. O al menos lo fue hasta que pasó frente a la casa de la madre de Bernabé.

—¡Aaaah! —gritó Rita, al tiempo que apartaba la mano. Había aflojado la mano sin darse cuenta, algo que la puta vieja supo aprovechar para moderla. Mierda, a saber si le había contagiado algo, que los viejos eran un nido de enfermedades.

Se miró el dorso de la mano: le había sacado sangre, la muy puta. Se le desencajó el rostro.

Rita cogió la cabeza de la anciana de las orejas y comenzó a golpearla contra el suelo. Una vez. Y otra. Y otra. Siguió hasta que perdió la cuenta.

Cuando la soltó, sus manos estaban salpicadas de la sangre que manaba de la coronilla y que encharcaba el suelo.

De un salto, Rita se incorporó, tropezó con una de las manos de la anciana y cayó de nuevo.

¿Qué había hecho? ¿Estaba muerta? Y si no lo estaba, no tardaría en estarlo.

Dios, cómo se iba a poner Bernabé. Adoraba a aquella vieja.

Rita se puso en pie. Al hacerlo, se dio cuenta de que sus piernas ya no eran un flan. Al contrario, parecían firmes como columnas. Las manos todavía le temblaban, pero el temblor iba aminorando. El cuerpo era sabio. Se lo había escuchado alguna vez al mismo Bernabé: el cuerpo sabe lo que necesita y nos dice cuando hacemos bien y cuando mal.

Y ahora su cuerpo le estaba diciendo que había hecho lo correcto. Sí, lo había hecho, aunque le fuese a doler a Bernabé. Aquella mujer era ya muy vieja, demasiado. Algún día se la iban a comer los perros a los que ella misma alimentaba. Era cuestión de tiempo. Estaba claro que le había hecho un favor.

Un escalofrío recorrió a Rita de arriba a abajo. De nuevo, era su cuerpo, recordándole por qué estaba allí.

La caja, aquella caja de la que le había hablado Bernabé en uno de esos momentos de conversación lánguida tras un polvo, cuando surgen los temas más inesperados ya que la mente, anestesiada por el placer, salta de un sitio a otro. Normalmente, no le prestaba mucha atención a lo que decía, sobre todo si hablaba de su madre. Pero aquella vez, cuando le contó acerca de la caja donde guardaba todos sus recuerdos, prestó atención. Sí, seguro que fue otra vez su cuerpo, ahora lo veía claro. Su cuerpo supo que era momento de afinar el oído porque aquella era una información que algún día le serviría para mantenerse viva. Porque junto a los recuerdos, Bernabé le dijo que también guardaba sus joyas y todo su dinero. «Creo que lo guarda para mí, para dejarme una herencia» dijo Bernabé. Sí, cariño. Ahora será tuyo, pensó Rita, pero solo después de que coja prestado un poco para una urgencia muy urgente.

Resuelta, Rita se internó en la casa.


Le costó lo que le parecieron horas. Tras revolver todos los cajones y todos los armarios, encontró la caja dentro del colchón de la cama de la anciana. Lo rajó con un cuchillo de cocina y sacó de él una cajita metálica alargada. Parecía una pequeño ataúd, pensó Rita, enhebrando pensamientos.

Ni siquiera estaba cerrada. Dentro no había gran cosa. Un par de fajos de billetes de pequeña denominación. No los contó pero con suerte debía haber unos doscientos dólares. Era mucho menos de lo que esperaba encontrar, pero lo suficiente como para comprar un par de dosis, a lo mejor tres si se la chupaba a SeñorSugar. Sí, no cambiaba droga por sexo, pero si le hacías un cariñito se ponía más generoso.

Las joyas parecían valiosas: collares, pulseras, anillos y un par de camafeos con fotos de ella y de un hombre que debía de ser el padre de Bernabé. Tendría que tasarlas con alguien de confianza antes de intentar moverlas. Por suerte, el efectivo le serviría para pagar las dosis. SeñorSugar se hubiese aprovechado de ella y le habría dado mucha menos merca de la que seguro que era posible comprar con ellas.

Buscó bolsas de plástico y envolvió en ellas las joyas. Se guardó el efectivo en el pantalón, repartido por varios bolsillos.

Salió de nuevo al salón. Evitó pisar el charco de sangre que se había ido extendiendo por el suelo y contempló a la anciana. Tenía los ojos abiertos y vidriosos.

Pobre Bernabé. Pero, en el fondo, también era culpa suya. ¿Cómo pudo permitir que su madre se quedase a vivir en aquella casa, en mitad de Los Trueques, el barrio más peligroso de toda la isla? Era cuestión de tiempo que ocurriese algo así. El que hubiese sido ella quien lo llevase a cabo fue tan solo una casualidad.

Tenía que haber insistido. Los Trueques ya no era ese sitio donde la vieja se fue a vivir cuando era joven. Ahora era un lugar en el que tan solo caminar por él podía considerarse deporte de riesgo, donde había pocas cosas más baratas que una vida humana y donde descubrías que era posible dormir con gritos y disparos de fondo.

Rita fue hasta la puerta. Salió de la casa y, tras dudar unos momentos, la cerró tras de sí con la llave que le había entregado Bernabé para el caso de que él perdiese la suya. Si la dejaba abierta, no tardarían en meterse a saquear. Así, al menos habría más posibilidades de que fuese el mismo Bernabé el que la encontrase. No sería agradable, pero era lo menos que le podía ofrecer después de lo que había hecho.

Suspiró. Dio un par de pasos y se dio la vuelta a mirar por última vez el frontal de aquella pequeña casa. Sintió que, de alguna manera, acababa de dar los primeros pasos en una nueva etapa de su vida.

Navegación del arco «Plano secuencia»<< Plano secuencia (V): EXT. Ayuntamiento – DÍAPlano secuencia VII: INT. Dormitorio – NOCHE >>

Deja un comentario