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Plano secuencia (III): INT. Sótano – DÍA

Panzer tenía apoyado en la pared su voluminoso cuerpo de cerca de doscientos kilos, muchos de ellos de puro músculo que tendía a ser confundido con grasa. Estaba junto al ascensor, al extremo del largo pasillo lleno de puertas. Rod le había enviado un mensaje hacía un rato para que le esperase ahí.

Miró hacia las puertas. Todas estaban cerradas. Era imposible deducir tras cuál de ellas estaba Rod y el pobre diablo cuyos restos seguramente tendría que recoger. Ni siquiera se podía adivinar aguzando el oído: todas las estancias estaban insonorizadas. Era un requisito indispensable para las actividades que se desarrollaban en aquel sótano.

Sacó su teléfono y miró la hora. Si nada se había torcido por el camino, en aquellos momentos…

Oyó un chirrido y alzó la cabeza en el mismo momento en que la voz de Rod gritaba su nombre. Caminó hacia la única puerta que ahora estaba entornada, en mitad del pasillo.

La abrió.

Todo se había torcido. Completamente.

Rod, con la respiración agitada, miraba el cadáver de León en el suelo. León tenía varios disparos en el rostro, pero para él resultaba completamente reconocible.

Panzer hizo todo lo posible por contener sus emociones. Todo su cuerpo se tensó. Ahora mismo, era una enorme masa de carne convertida en algo muy cercano al mármol. El único gesto que se permitió fue acariciarse la barba, simulando cierta sorpresa reflexiva con la esperanza de disfrazar el modo lucha-huida en el que se encontraba.

—¿León? —dijo con torpeza por la sequedad que había invadido repentinamente su boca— ¿Qué hizo?

—Trató de robarme —respondió Rod, con una rabia contenida que parecía desbordarse entre los espacios de las palabras.

—¿Él? —Panzer hizo lo que pudo para adoptar el papel de incrédulo— Pero si no tenía forma de…

—Tuvo la ayuda de un contable. Ya me encargué de él.

—¿Quién?

—Un tal Willy. Llevaba unos años con nosotros, pero parece que León le convenció para ir alterando las cuentas desde que entró.

En realidad, esa no era la respuesta que Panzer esperaba. Lo que quería saber era quién le dio el soplo. Y, sobre todo, qué era lo que le había dicho.

Porque la cosa era así: Panzer estaba involucrado en ello hasta el cuello. No, hasta el cuello no: buceaba en ello, sumergiéndose hasta sus profundidades.

Miró a Rod. Este no apartaba la vista del cuerpo. No decía nada y tampoco se movía. Su rostro conservaba todavía los restos de un rubor como el de su cabello. Cuando se sonrojaba por cualquier razón, su cara parecía un semáforo en rojo, y luego tardaba una eternidad en retomar su coloración habitual.

Sintiéndose como si estuviera en un campo de minas, Panzer decidió esperar. La expresión de Rod había ido mutando a una neutralidad que le hacía imposible especular lo que estaba pasando por su mente. Y sobre todo, cuánto sabía.

¿Le llamó a él para pegarle también un tiro o fue simple casualidad? No era la primera vez que se encargaba de cosas como esta. No era algo que le gustase, pero Rod insistía en encargárselas porque confiaba en él. Si se resignaba a hacerlas era precisamente por eso. La confianza de Rod era un bien muy preciado que había que cultivar y uno muy peligroso si te lo tomabas a la ligera.

Panzer no había traicionado la confianza de Rod, al menos en un sentido estricto. Le había ocultado cierta información, sí, pero no le había perjudicado ni a él ni al sindicato, aunque sabía perfectamente que Rod no lo vería de esa manera si tuviese que explicárselo.

Panzer exhaló bruscamente. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración. No podía seguir así. Tenía que hacer algo en cualquier sentido.

De pronto, Rod habló:

—¿Sabes? Le tenía cariño. Me daba pena el viejo este. Tantos años aquí, encerrado en esta puta isla, sin saber que podía marcharse cuando quisiera…

Panzer estuvo a punto de exclamar algo que hubiese sido del todo inoportuno, pero logró refrenar su lengua antes de precipitar el desastre. En su lugar, dijo otra cosa, con una tos de por medio.

—¿Podía marcharse? ¿Y eso?

—Le retiraron los cargos a los tres o cuatro años de estar aquí, pero nunca se enteró. Los de Inteligencia lo sabían pero nunca se lo dijeron. Cuando lo supo, en lugar de largarse se dedicó a meterme la mano en el bolsillo, el muy cabrón.

—¿Cómo lo supiste?

—Un contacto de Inteligencia me lo dijo cuando entró en el Sindicato.

De nuevo, esta no era la respuesta que Panzer esperaba, pero la revelación le sacudió como una descarga eléctrica.

—¿Lo sabías y no le dijiste nada? —dijo con un balbuceo que no pudo contener.

Rod le miró sin decir nada durante un segundo más de lo debido y después contestó.

—Así es —dijo con sequedad—. ¿Para qué decírselo? Ya había hecho su vida aquí. Y era un buen fichaje, bastante cumplidor. Pero ya sabemos por qué se esforzaba tanto. Eso es lo que más me jode.

Panzer sintió que una ola de furia se aproximaba hasta la playa de su fuero interno. Respiró profundamente. Estaba entrando en terreno inestable. Había despertado las sospechas de Rod, estaba claro. Como perdiese el dominio de sí mismo, era muy posible que terminase haciendo compañía a León en el suelo.

Suspiró. Tenía que encaminar su comportamiento. Que Rod pensase que era debido a otra cosa diferente a aquella que podía ocurrírsele para desgracia suya.

—Entonces, ¿hay gente aquí que puede salir de la isla libremente?

—Alguno habrá, seguro —respondió Rod, que parecía ir recuperando su actitud habitual.

—No, en el Sindicato —dijo Panzer con firmeza. Había encontrado el ángulo apropiado para desviar las sospechas que iban leyéndose en los ojos de Rod—. ¿Hay más gente que podría largarse sin que le persigan ahí fuera toda la vida? ¿Hay alguno más al que le hayan retirado los cargos?

Rod le volvió a mirar fijamente en silencio. Estaba siendo sometido a una radiografía y era consciente de ello. Tras unos segundos, Rod soltó una carcajada y sonrió con condescendencia. Le dio una palmada en el hombro.

—No, hombre, no. No hay más. Y si los hubiese, tú no serías uno de ellos.

Panzer hizo una pausa deseando que esta se percibiese como melodramática.

—Y si lo fuese, ¿me lo dirías?

—Nadie se marcha de esta isla. Yo soy el que más lo merezco y no puedo irme.

—¿Me lo dirías?

—Creo que ahora tendría que hacerlo, ¿no crees?

Cuando Rod se encogió de hombros y se guardó la pistola en la cintura del pantalón, Panzer sintió que había esquivado una bala.

—Venga, ocúpate del pobre viejo —dijo Rod—. Y más tarde ven a verme, que tengo otra cosa para ti.

—¿El qué?

—No sé quién fue el que me dijo lo que estaban haciendo León y el contable. Me llegó un mensaje anónimo, así que revisé los papeles de Willy y no tardé en darme cuenta de que era cierto: tenía un libro oculto donde llevaba las cuentas de lo que me habían sacado. Estaba tan cabreado que le abrí la cabeza a Willy apenas le vi. Así que quiero que averigües quién me dio el soplo. Y, sobre todo, por qué no me lo dijo a la cara.

Panzer asintió.

—Pero luego tengo que ir a Topoi —dijo.

—Pues mañana vienes a verme, no tengo prisa. Pero no quiero tener a un buen samaritano anónimo circulando por mi organización. Tengo unas cuantas preguntas que hacerle.

Rod salió de la estancia dejando la puerta abierta. Panzer se quedó inmóvil, escuchando como se alejaban sus pasos por el pasillo. Cuando escuchó que subía al ascensor, se dio permiso para derrumbarse en la silla, la cual aguantó su peso a duras penas.

Eso había estado muy cerca. Demasiado.

Mierda. Definitivamente, todo se había torcido de mala manera. Había conseguido salvar el culo pelándoselo por el camino, pero estaba claro que aquello no había terminado allí.

Miró a León. Era una verdadera pena. Tanto esfuerzo para que todo terminase así.

Cuando hace cinco años, León se acercó propuesta en mano al por aquel entonces contable novato, este se lo contó a Panzer. Al fin y al cabo, fue él quien recomendó a Willy para el puesto, algo que Rod parecía no haber recordado todavía. El chico, tentado pero sensato, buscó consejo en Panzer. De ser otro, Panzer se hubiese encargado de él y hubiera ido a Rod con el problema solucionado entre las manos. Pero era León.

Panzer no sabía lo de que estaba libre de cargos hasta que Willy se lo contó. Aquello le pareció una verdadera putada. Incluso entre las personas más poderosas de la isla, no conocía a nadie que no estuviese dispuesto a largarse si pudiera hacerlo. Más de uno sería capaz de lanzarse al agua y nadar hasta el continente al recibir una noticia como aquella.

Conocía a León desde hacía mucho tiempo. Aunque de trato un tanto hosco, era alguien de fiar. Siempre estaba taciturno, incapaz de aceptar su destino. Por eso, Panzer pudo imaginar qué fue lo que pasó por su cabeza cuando se enteró que había sido declarado inocente hacía demasiado tiempo.

El plan de León era un auténtico despropósito. No sabía tanto como creía sobre cómo se manejaban las finanzas en el Sindicato, y lo que sabía era erróneo. De haber seguido adelante con sus instrucciones, Willy y él hubiesen encontrado el mismo destino al que llegaron pero mucho antes, en cuestión de días. Panzer acordó con el contable que seguirían adelante con el plan, pero con un pequeño cambio: no robarían nada del Sindicato. En su lugar, Panzer le iría entregando las cantidades que León le dijese que sustrayera y lo haría de su propio bolsillo. Para que todo fuese más verosímil, crearían una doble contabilidad falsa y así hacerle creer con más facilidad que todo estaba saliendo a pedir de boca.

Willy aceptó. Lo que era una peligrosa estafa se había convertido de pronto en un juego inocente que no ponía en peligro ni su trabajo ni su vida. Entonces, preguntó el por qué. ¿Para qué hacer aquel montaje? ¿Por qué no hablar con el viejo de frente y darle el dinero directamente para que se largase?

Panzer todavía recordaba la sonrisa de amargura con la que se lo explicó. León era muy bueno en su trabajo, quizá uno de los mejores, pero saltaba a la vista que a aquellas alturas de su vida tan solo lo hacía para poder vivir con cierta dignidad. Seguro que, según sus cálculos, en aquella edad esperaba haberse retirado a algún lugar discreto del planeta que fuese diferente a Cebos Topoi. Y aunque su excusa era que necesitaba dinero para comenzar una nueva vida en otro sitio, Panzer sabía que en el fondo lo hacía por redimir de alguna manera el pecado que cometió al despreocuparse de aquella forma de las causas en su contra, dando por sentado que estas eran definitivas. Quería sentir que no estaba muerto en vida, que todavía podía hacer algo significativo. Por eso pensó en ayudarle: se merecía un triunfo, aunque fuese de oropel.

Y todo hubiese salido bien de no ser por…

¿Por qué?

La pregunta retumbó en el cerebro de Panzer. Hasta le provocó un ligero dolor de cabeza.

No era un plan complicado. Todo se reducía a que Rod no se enterase de lo que estaba ocurriendo. Y eso porque Panzer sabía cómo las gastaba el director del Sindicato: si hubiera sabido de aquella farsa, León y Willy hubiesen sufrido el mismo destino y él les hubiese acompañado. Ellos habrían muerto por tener la intención de robarle y él por saberlo y no hacer nada.

Pero alguien les había descubierto y se lo contó a Rod de la forma más inadecuada posible: anónimamente.

¿Por qué?

Panzer se puso en pie y miró su teléfono. Había quedado con Elena en Topoi y ahora tenía el tiempo justo para llegar. De haber sido otra persona, le hubiese dado plantón. Pensó en hacerlo, pero le tenía demasiado cariño a la chica. Habían pasado juntos por momentos difíciles y ella le apoyó en otros que no lo eran tanto pero sí el doble de dolorosos.

Tendría que pensar por el camino. Y había mucho en lo que pensar.

—Vamos, León —le dijo al cuerpo mientras se agachaba para recogerlo—. Yo esperaba que tus huesos al final terminaran en otra parte, pero no te preocupes: esto no se quedará así.


Panzer decidió abusar un poco de la confianza que tenía con Elena. Llegaría algo atrasado, pero tenía que pensar. Por tanto, pisó el acelerador solo lo suficiente como para que le llevase unos veinte minutos cubrir la distancia que había entre Cebos y Topoi. Podría haber tomado por el camino viejo que, lleno de curvas y baches, le hubiese demorado por lo menos el doble. Pero no quería excederse, ya que luego el caótico tráfico de la ciudad se encargaría de darle treinta minutos más acelerando y parando en el casco urbano hasta llegar donde habían quedado, la plaza del ayuntamiento. Con casi una hora, tenía suficiente como para ordenar sus pensamientos.

Panzer respetaba a Rod. Era el ejemplo del hombre hecho a sí mismo. Como muchos, llegó a la isla con una mano delante y otra detrás, pero supo ver la oportunidad y aprovecharla. Antes de que llegase, ya existían los arregladores, hombres y mujeres con más músculo que cabeza y dispuestos a alquilarlo para cualquier cosa. Pero no estaban organizados. Había pequeños grupos que se crearon por simple necesidad, para pasarse trabajos de unos a otros e incluso para cubrirse las espaldas si las cosas se ponían feas. Lo que hizo Rod fue coger varios de esos grupos, unirlos en uno solo y aplicarle una lógica empresarial.

Fue mucho más que organizarlos. Vistió a esbirros de alquiler como formales agentes de seguridad y los puso a pisar moqueta. Creó una maquinaria que afinó hasta que pudo envolverla en un paquete vendible. Y funcionó: su organización se convirtió en el recurso preferido de los ricos y poderosos de la isla. Gracias a él, dejaron de usar bares y otros tugurios dignos de tal nombre como lugar de contratación y ahora tenían oficinas con secretarias, papeleo y hasta seguro médico.

Convirtió una pandilla de matones en una agencia de seguridad. De sicarios pasaron a ser operativos especiales; de matones, a guardaespaldas. No se quedaron con todo el mercado, por supuesto: todavía podías encontrar en el antro de tu barrio a quien se encargase de partirle las piernas al vecino que envenenó a tu perro. Pero aquellos que llegaban a la isla con un ejército de maletas que contenía más dinero que ropa sabían apreciar un servicio más sofisticado y estaban dispuestos a pagar por él. Para algunas personas, las apariencias lo son todo, sin importar dónde se encuentren.

Pero de un tiempo a esta parte, las cosas habían cambiado de forma sutil. El sindicato seguía funcionando como siempre, pero notaba que había algo fuera de lugar, como el ligero golpeteo de una pieza suelta dentro de un complejo mecanismo. Podría ser algo de lo que preocuparse o tan solo la señal de que era necesario hacer un pequeño ajuste, pero Panzer tenía claro que señalaba algo.

La clave residía en Rod. Siempre fue un tipo frío y centrado, pero últimamente parecía haber perdido ese equilibrio que le caracterizaba. Mientras que antes estaba pendiente de todo lo que sucedía, ahora delegaba tanto que, si hubiese podido delegar el ir a mear, también lo habría hecho.

Lo único que no delegaba era lo que él mismo llamaba «relaciones públicas», lo cual se reducía a codearse con los del dinero y verse como ellos, desayunando con champán y pavoneándose por los casinos con una rubia y una morena esculturales a cada lado. A Panzer esto no le parecía mal. Era algo que incluso se merecía. Pero había centralizado demasiado el poder en su figura y su despreocupación estaba haciendo que la maquinaria empezase a desafinar y a resentirse.

Aunque nadie se quejaba a abiertamente, cada vez eran más los murmullos, los gestos torvos y las miradas ceñudas de reojo. El malestar era creciente y la situación no tenía visos de cambiar salvo a peor. Y en este ambiente, acababa de suceder lo que acababa de suceder. Alguien alertó a Rod de la «traición» de León y lo hizo sin dar la cara. No era una coincidencia.

Pero lo que más intrigaba a Panzer era cómo lo había descubierto quien lo hubiese hecho. No habían alterado en nada las cuentas oficiales del Sindicato. El libro falso de contabilidad era tan solo mera utilería dentro del teatro que habían montado de cara León. No había ni un solo número que cuadrase y, además, Willy lo guardaba a buen recaudo.

A menos…

Panzer dio un frenazo al darse cuenta de que estaba a punto de saltarse un semáforo en rojo. De pronto, aterrizó en la realidad. Hacía un rato que había ingresado al casco urbano. No estaba muy lejos de su destino, pero todo le parecía extrañamente ajeno, como si hubiese aterrizado en un planeta distinto.

A menos que lo que hubiese descubierto no fuese el supuesto robo que estaban perpetrando León y Willy, sino que hubiese descubierto todo.

¿Y si el delator sabía que no estaban robando de verdad, sino que todo era una farsa? Entonces, tenía sentido que Rod encontrase el libro falso con tanta facilidad: el delator se hizo con él y lo puso a su alcance.

Por lo tanto, si sabía de la farsa, también sabía que él, Panzer, estaba involucrado.

¿Y por qué no le había delatado junto a los otros?

Una atronadora tormenta de pitidos sonó detrás del coche de Panzer: el semáforo había cambiado a verde y él no lo había visto. Pisó el acelerador y avanzó lentamente. Poco a poco fue adelantado por otros autos que le dirigieron un amplio repertorio de miradas turbias y palabras gruesas. Pero él no las vio ni las oyó.

Alguien le dejó fuera de la delación a propósito. Y ese propósito era deberle un favor. Las muertes de León y Willy servían para reforzar el mensaje: «Podrías estar con ellos pero te has salvado gracias a mí. Me debes una».

Tuvo suerte: encontró un espacio libre a un par de cuadras de la plaza y lo aprovechó. Aparcó, apagó el motor y se quedó mirando al vacío.

Fuese quien fuese, no tardaría en aparecer exigiendo el cobro de la deuda. Así que tendría que estar preparado para ello.

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