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Plano secuencia (II): INT. Garaje – DÍA

El ascensor en el que iba Mario no se detuvo en la planta baja, como este esperaba, sino que siguió descendiendo. Cuando se abrió la puerta, Mario estaba alerta, pero no le sirvió de mucho ante los dos tiros con silenciador que recibió en el pecho. Estos fueron los que le hicieron caer, pero no los que le mataron. El que le mató fue lo recibió entre los ojos, con el cañón acercándose hasta él movido por la mano de un individuo bajito, de pelo cano abundante y barba de varios días.

Tras disparar, León tomó una foto del cadáver y se la envió a Carlo. Le tomó tres intentos conseguirlo. Maldita isla y malditas conexiones de Internet. Nada funcionaba bien aquí. Estaba harto, pero ya quedaba poco. Si todo salía bien, este acababa de ser su último trabajo. Se desharía del cuerpo y después iría hasta la lancha que estaría esperándole al norte del puerto, al otro lado del cabo. Con ella, alcanzaría el barco en el que el muerto había llegado y dejaría Cebos Topoi atrás para siempre.

León arrastró el cuerpo hasta su coche, dejando un reguero de sangre por el camino, y lo dejó apoyado contra una de las ruedas de atrás. Cogió un cubo y una fregona y limpió el ascensor y el suelo del garaje. Tenía que reconocer que lo más agradable de aquella condenada isla era que te podías comportar en ella como en los viejos tiempos, sin preocuparte de que luego viniese la policía científica con sus cacharritos y sus juegos de química a encontrar evidencia de la que ni tú mismo te habías dado cuenta.

Sin embargo, estaba harto. Llevaba demasiado tiempo aquí, demasiado tiempo haciendo lo mismo que hacía en el continente. Y todo por imbécil. Por imbécil y cobarde.

Todo empezó con aquella niña de 15 años. Echarle un cable le condujo a un lío de mil demonios que terminó como el rosario de la aurora. Fue un baño de sangre, pero le gustaba recordar que lo dio todo, que fue quizá el mejor momento de su carrera. Pero eso no supo reconocerlo la policía, que le puso en busca y captura no solamente por homicidio sino también por abuso de menores. ¡Abuso! ¡Si ni siquiera la había tocado! Pero como lo único que a la chica le quedaba de virgen era la medallita que llevaba al cuello, algún genio decidió que él también se aprovechó de ella y le endilgaron ese cargo tan humillante.

Así las cosas, huyó. Estaba tan convencido de que removerían cielo y tierra para encontrarle que se refugió en el lugar más recóndito del planeta, Cebos Topoi, el único sitio donde jamás extraditaban a cualquiera que pusiese un pie en su tierra.

Y pasaron quince años como una exhalación. Una tarde, durante un crepúsculo que se le antojó decididamente hermoso, bajó del barco mercante que entonces era el único que llegaba hasta la isla y que consideraba a sus pasajeros como una carga más. A la mañana siguiente, había pasado un lustro, estaba cansado y tenía una vida que ahora le parecía ajena, de cualquiera menos suya.

Fue entonces cuando se enteró. El destino tiene esas mañas de esperar hasta el momento en que el golpe pueda ser más fuerte. Cuando está seguro de que te arrancará varios dientes, te romperá la nariz y te desencajará la mandíbula, es entonces cuando proyecta su puño de manera que no haya forma humana de esquivarlo.

Se lo dijo un amigo que había hecho en Inteligencia. Los de Inteligencia de Cebos Topoi eran reservados y nunca podías arrancarles nada a menos que ellos quisiesen, y cuando querían era porque tenían intereses que no te compartían. León había conseguido hacerse amigo de aquel agente para recibir sus confesiones interesadas, algo que a él también le generaba sus particulares beneficios. De esa forma, de vez en cuando se enteraba de cosas que a Inteligencia le venía bien que circulasen en susurros de boca en boca y también, aunque con cuentagotas, le dejaban caer alguna que otra confidencia verdaderamente confidencial como premio. Y en esta ocasión el premio fue mucho mayor de lo que era capaz de asimilar.

León había sido exculpado tres años después de lo ocurrido. La chica, ya mayor de edad, consiguió convencer a las autoridades de que él fue tan víctima como ella. Pero jamás lo supo. Nadie le avisó porque estaba escondido en el culo del mundo, en aquel agujero infecto a donde huían los que verdaderamente tenían razones para huir.

Aquello rompió a León. Estaba enojado consigo mismo. ¿Cómo había podido hacerse eso?

Días después, empezó a pensar y a hacer planes.

Cuando se le pasaron las ganas de estampar su cabeza contra la pared repetidas veces, otro impulso tomó el lugar de su decepción consigo mismo: el de lanzarse al agua y regresar a nado al continente si era necesario. Pero dado que esto era impracticable y que el siguiente barco en el que salir de allí no vendría hasta después de un mes —el crucero de lujo lleno de turistas era inalcanzable para su presupuesto—, se vio obligado a tener paciencia. Con el ánimo sereno, pudo pensar con más claridad y ver que las cosas no eran tan sencillas como tan solo abandonar Cebos Topoi.

Marcharse de cualquier sitio es un proceso complicado. Abandonarlo todo puede parecer fácil, o así lo pintan las películas y los libros de autoayuda, pero irse implica también llegar a otra parte, y entonces es cuando aparecen las complicaciones. Y eso contando con que podamos romper las invisibles sogas que nos atan al lugar en el que nos encontramos, cosa que nunca es fácil.

León ya no era joven y, a pesar de toda su voluntad de salir de la isla, poco ánimo tenía de reconstruir de nuevo su vida fuera de ella. Partir de cero una vez más no le emocionaba, sino todo lo contrario. Hacía tiempo que las herramientas necesarias para reconstruirse estaban romas, desgastadas y hasta rotas, y los clavos, tuercas y tornillos que debería utilizar para ensamblar algo digno de llamarse vida cabían en la palma de una mano.

Retornar a su antiguo oficio era tan difícil que no valía la pena intentarlo. Muchos de sus antiguos contactos estarían desaparecidos o hasta muertos y su nombre y reputación habrían sido olvidados por aquellos que todavía siguiesen en el mismo lugar. De hecho, si sobrevivió en Cebos Topoi fue porque se encontró con varios de sus antiguos contratistas, lo cual ayudó a que sus servicios fuesen requeridos una vez más.

Optar por otra línea de trabajo tampoco le parecía factible. No sabía hacer nada más que lo que hacía ya con menos precisión y atención al detalle que en otros tiempos. Y aunque siempre podía recurrir a la clásica opción de ponerse una tienda de abarrotes o un bar en cualquier parte del mundo, ni le apetecía esclavizarse de esa manera ni poseía el dinero necesario para hacerlo.

Mientras rumiaba que mandaban cojones que hasta para ser esclavo uno tuviese que pagar, se dio cuenta de que la clave de todo residía ahí, en lo de siempre, en el dinero. Al final, de una forma u otra todo siempre terminaba reduciéndose a eso. Para mal pero también para bien, pues tampoco era un obstáculo insalvable para aquel que careciera de escrúpulos. Y León se dio cuenta en ese momento, estaba dispuesto a perder tantos como fuese necesario si eso le permitía largarse de aquella isla del demonio.

A partir de entonces, su cabeza empezó a funcionar como un mecanismo bien engrasado. Porque a pesar de que su línea de trabajo tuviese fama de no requerir de un gran esfuerzo intelectual, aquellos que medraban en ella era los capaces de mover sus neuronas tanto como sus músculos. Hizo cálculos y planes, dibujó diagramas y elucubró supuestos, y finalmente se dio cuenta de que las cosas no pintaban tan mal y que la proverbial luz al final del túnel existía y no era un tren viniendo de frente.

No tardó mucho en delinear las líneas maestras de su plan. Y con ellas, llegó a una conclusión que derrumbó su ánimo, viniéndose abajo con estrépito y rompiéndose en miles de pequeñas esquirlas que se le clavaron en los pies hasta hacerle sangrar. Su idea era brillante, pero tenía un costo demasiado elevado en tiempo, aquello de lo que tampoco iba sobrado. Ejecutarla le llevaría siete u ocho años, diez en el peor de los casos. Y eso contando con la participación de un cómplice, algo que era ineludible pero que podría complicarlo todo si no atinaba con el correcto.

Pasó semanas reflexionando hasta que se encontró con la entereza para asumir que no tenía otra opción. Puso a prueba otras ideas en experimentos mentales y los resultados iban de pobres a desastrosos. Así que se encontró ante el dilema de quedarse en la isla o invertir quizás hasta diez años en salir de ella. Así las cosas, comprendió que era mejor una esperanza lejana que ninguna y puso en marcha su plan.

No fueron diez pero sí cinco los años que le tomaron alcanzar su objetivo. Con ayuda de un contable con ambiciones recién entrado, fue desviando pequeñas cantidades de la organización para la que trabajaba: el Sindicato de Arregladores. Empleó el conocimiento que tenía de su funcionamiento interno para darle indicaciones al contable de cuándo y por dónde resultaba más práctico hacer las sustracciones oportunas. El Sindicato era en apariencia una empresa seria y formal, pero dado que quienes estaban a cargo de ella eran seres viscerales, resultaba muy fácil darles esquinazo. Para ellos, lo importante era que el dinero siguiese fluyendo y que su estilo de vida no se viese afectado. Y así ocurrió.

Ahora, cinco años después, todo concluiría. Por fin. Solo tenía que deshacerse del cuerpo y acudir al sitio acordado, donde el contable le estaría esperando en una lancha con el dinero. En su cabeza había coreografiado lo que haría en el momento en que se alejasen de la costa: miraría a la isla, levantaría un puño, extendería el dedo medio y gritaría, gritaría hasta quedarse sin voz.

A León le crujieron los huesos cuando metió el cadáver en el maletero. Ni se le pasó por la cabeza que ya no tenía edad para estas cosas, pero sí se percató del parpadeo de un piloto de color rojo en el fondo de su mente, en el lugar donde se guardaban las cosas que había que mirar después.

Acomodó el cuerpo, cerró el maletero y entró al coche. Le dio tiempo a ver una sombra en el asiento de atrás, pero no a reaccionar. Se desvaneció tras sentir una fuerte presión y una punzada en el cuello. Mientras todo se hacía borroso, supo que nunca llegaría al puerto y estúpidamente se preguntó si el contable se atrevería a partir él solo.


Un olor tan intenso que parecía una varilla de metal entrando por su nariz despertó a León. Estaba en el suelo. Sus brazos pasaban por encima de su cabeza y estaban encadenados a una argolla en la pared. La luz macilenta de un fluorescente que parecía sobrevivir en contra de las leyes de la física iluminaba la pequeña estancia. Frente a él, en una silla, un hombre le contemplaba con los labios apretados.

Rod, el director del Sindicato de Arregladores.

Todo había acabado. Qué continuase respirando era tan solo un trámite pendiente cuya resolución era cuestión de tiempo.

El fluorescente hacía que la pálida piel de Rod tuviese un inquietante tono azulado. Tampoco le sentaba bien a la mata pelirroja que tenía en la cabeza, que ahora llevaba despeinada, signo de que se había puesto manos a la obra. Era raro que Rod se ensuciase las manos, como estaba a punto de hacer. Eso sólo significaba que estaba envuelto en algo que consideraba personal.

La luz sí le sentaba bien a sus pequeños ojos verdes. Hacía que sus cejas proyectasen sombras sobre ellos y le hacía parecer más amenazador.

León conocía la política de Rod para los casos personales. Nunca lo reducía a un tiro en la nuca o una cuerda en la garganta. Primero se encargaba de meterte el miedo en el cuerpo, de hacerte consciente de todo lo que ibas a perder y como otros iban a sufrir las consecuencias de lo que hiciste. Rod quería que saboreases tu muerte con anticipación. La muerte era la nada y solo los vivos sienten, así que Rod se ocupaba de que tus últimos momentos fuesen lo más angustiosos posibles.

León se preguntó si recurriría a la tortura. Era un arte delicado, porque debías cuidarte de no traspasar una frontera a partir de la cual el torturado viese la muerte como un alivio. Pero Rod dominaba ese arte y a veces le gustaba aplicarlo.

No importaba. Que hiciese lo que quisiera. Para él, ya había acabado todo.

Con la conciencia del final definitivo, una paz abrumadora invadió a León. Lo intentó y no lo consiguió, y eso era triste. Pero al mismo tiempo, comparó este resultado con el otro, con no haberlo intentado. Y ese le pareció mucho peor.

Rod empezó a hablar, pero León no le escuchaba. No le iba a seguir el juego.

Eran sus últimos momentos y no pensaba regalárselos a otro que no fuera él mismo. Así que dejó a su cuerpo funcionando en piloto automático, con su rostro atascado en lo que esperaba que fuese una mueca de miedo, con sus ojos siguiendo a Rod mientras gesticulaba, levantándose y dando vueltas a su alrededor. El objetivo era que lo de fuera no le molestase porque dentro tenía mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo.

Posiblemente, a esto ayudó la serenidad que a veces se alcanza cuando ocurre lo peor que podría ocurrir. No todos reaccionamos igual ante las mismas cosas, y León se sintió afortunado por haberlo hecho de esta forma.

Una vez que consiguió meterse dentro de su propia mente, hizo un esfuerzo considerable para evitar la dirección en que esta tiraba de él: el pasado. No necesitaba volver a ver su propia vida, no necesitaba revivir los buenos momentos o mortificarse con los errores que ahora, con la facilona perspectiva que dan los hechos consumados, se veían obvios y evitables. Lo que León necesitaba era vivir una vida que ya no iba a poder vivir en la realidad.

De esta forma, se proyectó hacia un futuro que solo existía en su cabeza.


Consiguió llegar con el contable hasta el barco que conectaba Cebos Topoi con el continente. Una vez en tierra firme, empleó una buena parte del dinero en encontrar a la chica. No fue fácil pero lo consiguió. Descubrió con alegría que ella le estaba esperando y que él era su amor verdadero, tal y como ella lo era de él.

Supo invertir con tino el dinero que le quedaba y consiguió abrir un negocio modesto que les permitió vivir ajustados pero felices. No tuvieron hijos porque no los necesitaban: su amor no precisaba de complementos que lo justificasen.

Entonces, la enfermedad tocó la puerta de su casa y fue ella quien abrió, a pesar de que por edad era a él a quien le correspondía hacerlo. Los días se hicieron más duros pero su amor logró convertir las tinieblas de la desesperación en una noche de luna llena atravesando las cortinas de la habitación.

Cuando ella murió, el destino vino a su encuentro. Rod le encontró y se dispuso a cobrar lo que le debía más intereses. Y así era como había llegado a esa estancia, donde iba a encontrar su final tras alcanzar aquello que tanto había deseado en la forma en que lo había deseado, sin las penalidades que el transcurso de los días se empeña en ponernos en los pies para hacernos tropezar.


León sonrió y miró fijamente a Rod, que había hecho una pausa.

—Todo está bien. No puedes quitarme lo que he tenido.

—Maldito loco —dijo Rod mientras sacaba una pistola de alguna parte.

León sintió el cañón en la frente, cerró los ojos y se le antojó que eran los labios de ella, dándole el último beso que recibiría en su vida.

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