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Plano secuencia (I): INT. El Coronel – DÍA

—Estamos sentados sobre una mina de oro y ustedes no se dan cuenta —dijo Mario, mientras extendía las manos sobre la superficie de la gran mesa redonda. El resto de asistentes miraron aquellas manos como si entre ellas estuviese a punto de materializarse ese oro al que se refería.

Carlo De Vicente, sentado frente a Mario al otro extremo de la mesa, trató de disimular su desprecio. Cada cierto tiempo aparecía uno así, embriagado por la diferencia entre sus desastrosas expectativas y lo primero que veía al llegar a la isla: esperaba un pueblucho de pescadores y se encontraba con una línea costera salpicada de lujosos hoteles y modernos condominios. Eso le hacía pensar que había llegado al lugar idóneo para recuperar lo que en su tierra natal le quitaron la policía, los jueces y los políticos, aunque lo normal era que lo hubiese perdido por una mezcla de exceso de confianza y ambición desmedida. De pronto, pensaba que podía continuar con sus negocios como si el aliento de la ley ya no le humedeciese los pelos de la nuca.

Cebos Topoi provocaba esa impresión engañosa. Era verdad que existía algo de margen para llevar a cabo ciertas prácticas, al igual que en cualquier cárcel es posible traficar con droga, tabaco y necesidades similares. Pero lo mismo que en una cárcel, existían unos límites que no se podían traspasar. Por eso, a los recién llegados había que llamarlos al orden cuanto antes, no fuera que se llenasen la cabeza de fantasías inapropiadas e intentasen convertirlas en realidad. De ahí que Carlo se hubiese encargado de mandar un coche para recoger a Mario y traerle hasta la última planta de «El Coronel», el hotel de Santini, donde habituaban a celebrar lo que a él le gustaba llamar «juntas de coordinación», que era una manera sofisticada de denominar lo que no dejaban de ser llamadas al orden cuando alguien meaba fuera del tiesto. Eso y bienvenidas como aquella en las que poner las cosas en claro en cuanto fuese posible.

Con los jóvenes como Mario era algo que había que hacer antes de que olvidaran el olor del barco en el que habían llegado. Eran chicos que, muy pronto, se hicieron dueños del patio de su colegio, luego del parque cercano a su casa y más tarde del barrio. Con poca edad y menos experiencia llegaron muy lejos y no conocían límite alguno, ya fuese porque nunca los alcanzaron o porque nadie consiguió ponérselos. Por eso tomaban su exilio forzoso como un bache por el que había que pasar y, ya que estaban, intentaban sacar el máximo partido de él antes de regresar a donde se encontraban antes.

La mayoría era incapaz de asumir que ya no tenían a donde volver, algo que sin llegar a cumplir los treinta puede ser muy difícil de digerir. Por eso, en la isla, los de su gremio superaban de largo los cincuenta. Muy pocos jóvenes eran capaces de comprender que su vida había dado un giro de 180 grados y no de 360. Eso era algo que tenía consecuencias para todos. Y no precisamente positivas

Mario le caía bien a Carlo. No tuvo mucho trato con él en sus tiempos en el continente, pero pudo ver en él a un muchacho al que sus pelotas no le pesaban tanto como para arrastrar su cerebro con ellas. Sin embargo, también se dio cuenta de que todavía necesitaba un hervor dentro de la cazuela. La vida no le había dado aún los dos puñetazos imprescindibles en la boca del estómago, esos que te dejan sin aire y con el alma agrietada y desconchada pero que forjan el carácter con la dosis equilibrada de audacia y prudencia.

Por eso estaba allí diciendo lo que decía a lo que seguramente consideraba un atajo de carcamales acabados a los que Dios le había enviado para resucitarlos y liderarlos en una gloriosa cabalgada final.

Lo peor es que algunos de esos carcamales le estaban prestando oídos. Porque Mario era inteligente y seductor. Sabía emplear las palabras adecuadas en el momento apropiado y con el tono correcto. Tenía el mismo peligro que una puta en un monasterio: era muy probable que la que terminase convertida no fuese ella.

Carlo aguantó hasta que el monólogo de Mario se convirtió en un diálogo. Los otros estaban respondiendo sus preguntas, dando validez a sus ideas y planteando supuestos acerca de cómo cambiar las cosas. Las cosas no se cambiaban, al menos en Cebos Topoi. Todos se habían olvidado de eso. Eran un puñado de vejestorios babeando ante un par de tetas hinchadas de silicona, olvidándose de que había alguien esperando a que se les pusiese dura para castrar cualquier polla fuera de lugar.

—Suficiente —dijo Carlo. Nadie pareció oírle, así que lo repitió más alto, con tono enérgico y un puñetazo en la mesa.

Todos se callaron al instante. Evitaron con la mirada tanto a Carlo como a Mario. La mayoría adoptó una pose de cachorro pillado en falta, encogiéndose en su sillón como si así pudiesen pasar desapercibidos.

—Ya os habéis hecho una paja, os habéis corrido y ya podéis daros la vuelta para dormir. Y no olvidéis que, sin importar lo maravillosa que fuese la fantasía, mañana veréis a vuestro lado a la mujer de todos los días.

Todos permanecieron inmutables, continuando con su profunda inspección de la superficie de la mesa, el estucado del techo, el revestimiento de las paredes y, los más avergonzados, las baldosas del suelo.

Carlo estalló.

—¿Es que no entendéis una metáfora? ¡Que os larguéis, joder! —hubo ruido de sillas arrastrándose apresuradamente—. Tú no, Mario —añadió Carlo al ver con decepción que este también se levantaba. Tal vez su apreciación acerca de su inteligencia había sido excesiva.

Cuando se quedaron solos, Carlo se detuvo un momento a decidir cómo abordar la conversación. Podía sentarse al lado de Mario y ponerse paternalista sin llegar a ser condescendiente o podía mostrarse directamente confrontativo, tal y como hacía con su propia hija. Iba a abrir la boca cuando cayó en cuenta de que ese método no le había brindado el mejor resultado con Nuria según lo que decían rumores que estaban a punto de subir a categoría de noticias, así que optó por ponerse en pie. Igualmente, no importaba lo que hiciese, sabía que el chico le vería igual que un meteorito a un dinosaurio. Lo sabía porque así vio él a sus antecesores. De haber sido otras las circunstancias, quizá incluso se hubiera resignado a aceptar su lugar en un nuevo esquema de las cosas. Pero esto no era el DF, o Bogotá, o Caracas, o Managua. Ni siquiera era Nueva York, Los Ángeles, Roma o Moscú. Era Cebos Topoi. Aquí las reglas eran diferentes. Aquí había un solo esquema de las cosas y no quedaba espacio para la renovación.

—Mario, hay algo que quiero que comprendas. Desde el momento en que pisaste esta isla, has entrado en otro mundo y nosotros no somos los dueños.

—¿Y quién lo es entonces? ¿Se les adelantó otra familia?

—No hay otra familia. No hay familias, al menos como las conocías antes. Ninguno de los que has visto aquí es siquiera la sombra de lo que fue.

Mario no pudo reprimir el asomo de una sonrisa mal contenida. Estaba recibiendo aquella información de la misma manera que un gato al que le hablan de una casa llena de ratones. A Carlo no le gustó.

—Si estás aquí —continuó Carlo—, si todos nosotros estamos aquí en lugar de pudriéndonos en una cárcel o bajo tierra tras pasar por una silla o una camilla… si conservamos el fruto de nuestro trabajo en lugar de que esté en manos del gobierno de turno es gracias a que esta isla existe. Y para que exista, deben seguirse unas reglas que, a pesar de que se doblen de vez en cuando, nunca se rompen.

»Es cierto que todos tenemos nuestras pequeñas… aficiones, poca cosa que sirve para matar las viejas costumbres poco a poco. Roberto tiene un par de burdeles de poca monta en la capital, Topoi; lo tiene todo en orden y las chicas son tratadas bien y pueden marcharse cuando quieran. Lolo organiza combates clandestinos de boxeo: aunque no sean ilegales, le encanta ese ambiente y le permite cobrar a los incautos cifras astronómicas por una experiencia que creen prohibida. Santini y yo seguimos con el tema de las sustancias pero a pequeña escala, para que no se desmadre; apenas lo mínimo necesario para que los turistas pasen un par de noches divertidas y que los más colgados no sufran de síndrome de abstinencia. No pasamos de ahí. Doblamos un poco las reglas pero no las rompemos.

Carlo mantuvo en pie su mejor cara de poker, algo en lo que ya tenía mucha experiencia. Una parte de él no pudo evitar estallar en carcajadas en su interior al escuchar la última frase que acababa de decir. ¿Las doblamos pero no las rompemos? Lo que estaba haciendo él en el centro de la ciudad era mucho más que doblar. Más incluso que romper: había troceado las reglas para meterlas en bolsas de basura y dejar cada una en una punta de la isla.

—¿Y qué pasa si se rompen esas reglas? —preguntó Mario— ¿Te cae la ley encima?

—Aquí no hay una ley tal y como se la conoce en el continente, en cualquiera de ellos. Aquí hay algo llamado «Código de convivencia» que es bastante flexible. Básicamente se reduce a que si jodes mucho, te echan de una patada. Hay una cárcel, pero es solo para los que han nacido aquí. Y si te echan, no creas que simplemente te subes a un barco y te largas a dónde te de la gana: avisan a las autoridades que te están buscando y estas te esperan con los brazos abiertos. ¿Te acuerdas de «Botepronto»?

—Trabajaba para ti, ¿no? Le ejecutaron hace dos semanas en Texas.

—No, para Santini. Vino aquí pero se convirtió en un problema para todos. Y antes de que pudiésemos ocuparnos de él, algo que demoramos por deferencia a su lealtad y los servicios que había prestado, lo largaron de la isla. Tengo entendido que fuera armaron un buen espectáculo con su arresto y se colgaron muchas medallas en muchos pechos. Y es que afuera están esperando ansiosos a que cometamos un error para ponernos la mano encima. No te equivoques: saben perfectamente que estamos aquí.

—Pero esto está lleno de gente… como nosotros. Incluso peores.

—Traficantes, proxenetas, asesinos, violadores, pederastas… Nombra un crimen y aquí habrá alguien que lo haya cometido.

—Es imposible que vigilen a todos. ¿Cuántos habrán venido acá buscando refugio? Cientos, miles.

—La gran mayoría de la población —aclaró Carlo.

—¿Y los controlan a todos? No me vengas con cuentos.

—No sé cómo lo hacen exactamente, pero tienen un servicio de inteligencia de primera categoría. Además, no necesitan rendir tantas cuentas como sus homólogos. Con que tengan sospechas lo suficientemente sólidas, van a por ti. Sus reglas se reducen a una: no jodas la isla. La rompes, incluso parece que la rompes, y te largas.

—Pero tú mismo dijiste que las reglas se doblan…

—Hasta un punto, que es el que no debemos traspasar —Carlo tomó aire. Aquello no iba bien. Y se iba a poner peor con lo que iba a decir a continuación—. Digamos que es nuestra prerrogativa por los impuestos que pagamos.

—¿Pagan impuestos?

—Como cualquier ciudadano de bien, que es lo que somos ahora. En realidad, un poco más altos. Es lo que nos garantiza que se hará la vista gorda en según qué momentos.

—Entonces, esto no es tan diferente del continente. Si hacemos bien las cosas, es cuestión de tiempo que…

—No, Mario. No lo es.

Carlo miró a Mario. Todo había sido inútil. Recostado en la silla, Mario exhibía una sonrisa de suficiencia. Sus ojos eran los del lobo que cree haber conseguido meterse entre los corderos sin que estos se den cuenta. Fue el dueño del mundo, de su mundo al menos, y no entendía por qué ahora no podía seguir siéndolo. Carlo suspiró resignado.

—OK, lo he comprendido —dijo Mario, levantándose—. Bajo perfil. Nueva vida, nuevas reglas. No tienes de qué preocuparte.

Se acercó hasta Carlo y le tendió la mano. Este se la estrechó con firmeza, mirándole de frente. Cuando salió, Carlo sacó su teléfono móvil e hizo una llamada. Entre las interferencias habituales en la isla, al otro lado de la comunicación alguien consiguió hacer audible una lacónica afirmación.

Unos cinco minutos después, Carlo recibió un mensaje en su móvil. Miró la foto que acababa de recibir: Mario yacía en el suelo del ascensor con el pecho ensangrentado y un tiro entre los ojos. Sintió lástima por el muchacho. Hay veces en las que debes saber conformarte con lo que tienes y, si no, aprender a hacerlo. Por supuesto que la isla era una jaula, pero los barrotes eran de oro, el camastro ancho y mullido, y no tenías que estar protegiendo tu culo en las duchas.

De haber sido otra su actitud, de no tener una necesidad tan imperiosa de demostrar que su polla era la más grande, nada de esto habría ocurrido. Es más, si hubiese venido hacía un año o así, Carlo incluso le habría dejado hacer y que fuese el mismo alcalde el que se encargarse de demostrarle que no la tenía tan grande como pensaba. Pero ahora había una diferencia: su pasatiempo en el centro de Topoi. Si Mario hubiese alborotado el gallinero, no habría sido el único al que el alcalde habría metido en vereda, y quizá con métodos más expeditivos que la simple expulsión. Porque tenía que reconocer que con lo del centro se le había ido la mano.

Pero ya era muy tarde para arrepentirse. Tarde para arrepentirse con lo del centro, tarde para arrepentirse con lo de Mario y, desde luego, tarde para arrepentirse de tantas y tantas otras cosas en su vida.

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