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Plano secuencia VII: INT. Dormitorio – NOCHE

Boca abajo y todavía sudorosa, con la cabeza de lado sobre la almohada, Rita contemplaba como Bernabé fumaba apoyado en el espaldar de la cama. Estaba en ese punto dulce en el que la droga iba perdiendo sus efectos con lentitud y la inducía a un abandono relajado que la recordaba a la manera en que una hoja cae del árbol mecida por la viento. El punto más álgido había coincidido con el orgasmo provocado por los enérgicos empujones de las caderas de Bernabé. La descarga de placer que invadió su cuerpo expulsó toda la tensión acumulada durante aquel día más que largo. Ahora sentía como si todos sus músculos fuesen poco más que despojos inservibles pero muy agradecidos.

Entrecerró los ojos mientras fijaba su vista en el fornido y lampiño torso de Bernabé. Era un hombre bajito, casi de la estatura de ella, pero fuerte como un toro. Lo que le faltaba de altura lo suplía con una anchura musculosa en la que a Rita le gustaba refugiarse. Entre sus brazos, que el mundo siguiese girando perdía toda importancia.

SeñorSugar se había portado sorprendentemente generoso. Quizá fue por ir con efectivo en la mano. Le dio cuatro dosis y todavía le sobró algo de dinero. Rita se refugió en una de las muchas casas abandonadas que podían encontrarse en Los Trueques y se metió la primera. Cuando salió, era una mujer diferente a la que había entrado. De alguna manera indefinida, se sentía mucho más ella, mucho más real.

Regresó a su casa, se cambió y acudió a la cita que tenía con Bernabé. Fueron al centro, a cenar a un sitio modesto. Ella pagó la cuenta y después fueron a la pensión donde vivía Bernabé, que no quedaba muy lejos.

—¿Te has pasado por Los Trueques? —preguntó Bernabé.

Rita se sobresaltó pero hizo todo lo posible por disimularlo. Le pareció que lo hacía de mala manera.

—No, no —dijo titubeando—. ¿Por qué?

—Ayer me dijiste que tenías que ir por allí. Que habías quedado con un amigo que te debía una plata.

—¡Ah, eso! No, me canceló la cita a última hora. Que no podía, que no sé qué de su familia…

—Ay, si es que así son las cosas en el barrio —se lamentó Bernabé—. Las cosas no irán todo lo bien que deberían, pero por lo menos he conseguido salir de allí. ¡Qué sitio tan horrible! Solo te das cuenta de que lo es cuando te vas. Me gustaría sacar también a mi madre —Rita dio un respingo—, pero ella se niega. Dice que mi padre construyó esa casa con sus propias manos y que será allí donde muera.

Rita, o por lo menos esa parte de Rita que procuraba mantener oculta delante de Bernabé, pensó sarcásticamente: «Deseo cumplido».

—Yo creía que fuera de allí las cosas serían diferentes —continúo Bernabé—. Y lo son, sí. Pero no como esperaba. Te matas a trabajar y todo lo que consigues es quedarte en el mismo sitio en el que estás. No avanzas un milímetro.

—Tranquilo, cariño —dijo Rita, mientras le pasaba con ternura el dorso de la mano por la mejilla—. Las cosas mejorarán, ya verás.

Él se giró para mirarla con una sonrisa pero con los ojos cargados de pena.

—Ojalá pudiese tener tu optimismo. Algún día lo tuve, pero me lo he ido dejando por el camino. Así, poquito a poquito, como miguitas de pan que se me han ido cayendo del bolsillo. Pero ya no señalan el camino de regreso a casa, solo el círculo por el voy andando día tras día.

—Me gusta cuando te pones poético, aunque seas un poeta triste.

—Soy un mal poeta: solo puedo serlo cuando estoy triste. Y esta isla da muchas razones para estarlo. Quién sabe, tal vez debería probar suerte con la poesía. No creo que las cosas me fuesen peor que ahora.

Rita contuvo la respiración. Era el momento. Si no se atrevía a decírselo ahora, no lo haría nunca.

—Si esta isla es tan triste… ¿Por qué no nos vamos?

Bernabé la miró como si hubiese propuesto sacrificar niños en un altar a un dios pagano.

—¿Lo dices en serio?

—Sí —dijo ella con firmeza, incorporándose y poniéndose de rodillas en la cama frente a él—. ¡Vámonos! Tú lo has dicho: no hay cómo prosperar en este lugar. Jamás tendrás nada de todo lo que mereces si nos quedamos aquí.

—Estás loca. Además, tú no puedes irte…

—Nah, seguro que ya no me buscan. Lo he estado pensando. Lo que hice no era tan grave, pero me asusté mucho en su momento. Por eso terminé aquí.

Rita estaba poniendo sobre la mesa todas sus habilidades de actuación al máximo nivel.

—Nunca me has dicho qué fue lo que hiciste.

Rita tomó aire.

—Fue más el susto, la paranoia, ¿sabes? Me entró miedo. Me cagué de miedo. Me estaban acusando de algo que no hice. Y yo estaba muy mal entonces, muy mal…

—Si no quieres decírmelo —le interrumpió Bernabé, acariciándole la mejilla—, no tienes por qué hacerlo.

Rita abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No es eso, cariño. Es…

—Sssh…

Él depositó con suavidad un beso en sus labios.

—Si dices que no era tan grave, te creo —dijo Bernabé, casi en un susurro—. Pero igual, sería inútil que nos marchásemos de aquí.

—¿Por qué? Fuera tendríamos más oportunidades. Conozco gente que…

—No, no es eso —dijo Bernabé al mismo tiempo que se encendía otro cigarrillo. El anterior había terminado de consumirse en el cenicero.

Cuando exhaló el humo de la primera calada, empezó a contar la historia de Miguel.

Miguel, como él, nació y se crió en Cebos Topoi. Cuando era joven, la isla se le quedó pequeña y quiso recorrer el mundo. Trabajó durante varios años para reunir una buena cantidad de dinero y partió.

Estuvo en los cinco continentes. Conoció los grandes espacios abiertos de Australia, la espesura de la selva del Congo, la soledad de la estepa siberiana. Comió pizza en Nápoles, gallinejas en Madrid y algo de lo que se arrepintió en Londres. Se quedó sin aliento mirando desde el Empire State y rezó a los pies del Cristo del Corcovado.

En todos los sitios que visitó, se hizo la misma pregunta: ¿estoy dispuesto a vivir aquí?

Siempre se dio la misma respuesta: no.

Desde el primer día, desde que conoció la primera ciudad fuera de la isla. No, no, no.

No era que viajase para conocer mundo, viajaba para encontrar un lugar en el que quedarse. Pero ninguno le satisfacía. No importaba lo exitosos que fuesen los negocios que emprendiese, ni los arrebatadores y apasionados amores que tuviese entre sus brazos, ni lo potente que fuera el poder que alcanzase entre la sociedad local. Nada le contentaba. Al poco tiempo, se sentía triste y una profunda melancolía le invadía. Todo le parecía sucio y desgastado, monótono y tedioso, amargo y frustrante. Entonces, cuando ya no aguantaba más, se marchaba a otro sitio. Pero era cuestión de tiempo que la misma sensación se abatiese sobre él.

Y así, cuando se dio cuenta de que al mirar el mapa lo único que conseguía era hacer una mueca de disgusto, decidió volver a Cebos Topoi. «Solo a ver a padre y a madre», se dijo, pero le sobrevino una alegría que de tanto tiempo que no la había experimentado se le antojó extraña. Era como volver a ver a aquella niña de la que te enamoraste en tu infancia ahora convertida en una mujer de igual o mayor belleza que la que recordabas.

Apenas volvió a pisar la isla, supo que nunca debió marcharse de allí. De pronto, todos los recuerdos acumulados en sus viajes se marchitaron, convirtiéndose en lo que parecían los recuerdos vergonzosos de un borracho acerca de la noche anterior. Abrazó a madre, abrazó a padre y a ambos les pidió disculpas y les explicó lo que sentía. Ellos le perdonaron aunque no había nada que perdonar. Y le dijeron que fuese a ver a Don Alberto. Miguel preguntó por qué, pero ellos solo le dijeron que hablase con él.

Fue Don Alberto quien le explicó que fuera no había nada para aquellos nacidos en la isla. No importaba el empeño que pusiesen, lo mucho que ardiera el deseo de viajar o de construirse una vida al otro lado del océano: este se apagaría hasta no quedar siquiera unas brasas que les recordasen lo que sintieron alguna vez. Algunos, obtusos en su determinación, y a pesar de sentir una enfermiza melancolía que carcomía su ánimo, se resistían a regresar. Pero no les servía de mucho, pues sus asuntos terminaban por torcerse al carecer del aliento inicial que les llevó a marcharse y solo conseguían encontrar una muerte triste.

Todos los que regresaban, descubrían lo que mismo que Miguel: una sensación que colmaba todo su ser y que les decía que estaban en el lugar correcto, en el sitio al que pertenecían y que no debían haber dejado jamás. No importaba si fuera habían comido banquetes y dormido en palacios. De pronto, ningún lujo era comparable a vivir en Cebos Topoi, sin importar que ahora tuviesen que comer sopa y dormir en un camastro.

Miguel preguntó a qué era debido aquello, pero Don Alberto no pudo contestarle. Simplemente, las cosas eran así. Siempre lo fueron y siempre lo serían. Por lo que sabía, era una peculiar característica que solo afectaba a los nacidos en la isla. Aquellos que venían de fuera no la sufrían. Y quizá lo peor era que la única forma de comprobar que era verdad era haciéndolo por uno mismo.

—Si nos vamos de aquí —concluyo Bernabé—, dejaré de amarte. Nunca estaré tranquilo ni contento, sin importar todo lo que consigamos. Podríamos tener una gran familia, con cinco hijos viviendo en una casa de tres pisos, que para mí no sería suficiente. Todo lo que haría sería pensar en regresar. Y cuando lo hiciese, diciéndome que con una visita sería suficiente para calmar esa inquietud, ya no querría volver a nuestro hogar.

—Esas son supercherías, amor —dijo Rita, cogiéndole de la mano—. No es la primera vez que oigo esa historia. ¿Sabes como se les llama en el continente? Leyendas urbanas. Seguro que nunca conociste a Miguel, pero esto te lo contó alguien que tenía un amigo que sí lo había conocido, ¿verdad?

La respuesta de Bernabé fue mirar hacia la silla en la que estaba colgada su ropa.

—Solo es un cuento para niños, para que no se alejen de la seguridad de su casa —continuó Rita al tiempo que la invadían recuerdos de una vida que había dejado muy, muy atrás y a la que muy rara vez miraba de nuevo. Recuerdos de un tiempo en el que el futuro era tan luminoso como su vida entre libros y farras. Todo se torció cuando empezó a dedicar más atención a lo segundo que a lo primero, hasta que un día… Tragó saliva. No, no. Fuera. No podía permitirse el lujo de recordar. Volvió a centrarse en Bernabé, que no parecía haberse percatado de su inesperada inquietud—. No puedes dejar que tu vida sea guiada por un cuento para niños.

Bernabé giró la cabeza y abrió la boca para decir algo, pero fue interrumpido por el ruido de su teléfono móvil. Se levantó de la cama y fue desnudo a buscar el aparato en el bolsillo interior de su chaqueta. Miró extrañado la pantalla y contestó.

Rita no necesitó escuchar ni a quien estaba al otro lado de la línea ni lo que Bernabé decía. Le bastó contemplar como los ojos del hombre se iban humedeciendo, como sus hombros se iban encogiendo y como un temblor violento agitaba todo su cuerpo. De pronto, el fuerte y firme Bernabé se había convertido en una estatua de cristal recorrida de arriba a abajo por grietas como telarañas. Cuando colgó, parecía que un soplido haría que se rompiese en mil pedazos.

—Mi madre —dijo, mientras volvía a la cama y se sentaba en ella.

Dios mío. La habían encontrado. No pensó que fuese a ocurrir tan rápido.

—Alguien… alguien entró a robar —siguió diciendo él, volviéndose para mirar a Rita. Ella le mantuvo la mirada con los ojos muy abiertos, transmitiendo toda su preocupación por ser descubierta disfrazada de preocupación por su «suegra»—. Ha muerto. La mataron.

Rita se lanzó sobre Bernabé y le abrazó desde atrás, apoyando la cabeza en su espalda.

Bernabé temblaba violentamente. Su respiración era convulsa, casi un jadeo. Rita le abrazó más fuerte todavía, como si intentase detener su temblor. No se atrevía a decir nada y, aunque se hubiese atrevido, no hubiese sabido qué decir.

Permanecieron sin moverse durante unos minutos, con Rita a la expectativa de lo que fuese a ocurrir a continuación. Cuando por fin fue capaz de dominarse lo suficiente, Bernabé habló con voz queda.

—Pero… ¿quién lo haría? Todos en Los Trueques conocen a mi madre. Todos la respetan, incluso la cuidan. Jamás nadie hubiese alzado la mano en contra de ella.

—Cariño —dijo Rita—, ya sabes como es ese lugar. No puedes confiar en nadie…

—No, no —la interrumpió él—. No es así. Con mi madre no.

De pronto, Bernabé se zafó de los brazos de Rita y se puso en pie. Se dio la vuelta y la miró colérico.

—Tuvo que ser alguien de fuera. Alguien tan despreciable que se creyó que rebuscar en nuestra miseria sería tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.

Rita empalideció.

—Alguno de esos cabrones que vienen al barrio a comprar la merca más barata solo por ahorrarse plata que les sobra —continuó él, encolerizado, mientras empezaba a vestirse—. Ya lo han hecho alguna vez. Pero ahora no se van a salir con la suya. Alguien tiene que haber visto al asesino.

Rita le miró mientras se vestía. Bernabé seguía hablando pero ella no podía escucharle por encima del violento latido de su corazón. Aquella no era la reacción que esperaba de él. Que se derrumbase, que llorase, incluso que se portara de manera violenta. Pero había algo diferente, algo que jamás había visto en él. Crecer en Los Trueques era duro y te convertía en un tipo de persona que creía que él no era. Y posiblemente no lo era, pero sí lo tenía dentro. Y ahora acababa de salir.

—Lo mataré —dijo Bernabé con frialdad, ya completamente vestido.

Ella, desnuda, se quedó mirándole con los ojos desencajados.

—Cariño, no…

—Quédate aquí. Voy al barrio. Cuando sepa algo, vendré a buscarte, te lo juro. Antes de hacer cualquier cosa, te lo diré en persona.

Entonces se agachó, le dio un beso en los labios y se marchó dando un portazo que la hizo estremecer.

Rita permaneció varios minutos mirando la puerta cerrada. Se sentía como un cervatillo viendo como se le echaba encima un coche sin ser capaz de moverse.

No había contado con eso. Sí, Los Trueques era un barrio en el que cada uno debía cuidar su propia espalda y en el que la vida tenía un valor que podía ser cubierto con las monedas sueltas que tuvieses en el bolsillo. Pero incluso allí había valores, aunque fuesen con formas particulares y extrañas.

Y si Bernabé decía que su madre era respetada es que lo era. Era incapaz de recordar con quién se había cruzado de camino a buscar a SeñorSugar, pero estaba segura de que se cruzó con alguien, con varios alguienes. Y esos alguienes se lo dirían a Bernabé. Y le dirían a quién había ido a ver. Y Bernabé ataría cabos. Comprendería cómo pagó ella la cena. Sabría de donde sacó el dinero. Quizá entonces vomitaría al saber que lo que comió se pagó con la plata de su madre muerta. Y después iría a buscarla. La buscaría, la encontraría y la mataría.

La comprensión de aquel destino irrevocable se abrió ante sus ojos como un abismo sin fondo. Se sintió como si estuviese ya cayendo por él. Sintió un vacío en el estómago, un nudo en la garganta y un mareo tan intenso que terminó por caer realmente al suelo desde la cama. Su cabeza golpeó secamente contra el parqué.

Se echó a llorar.

Estaba muerta en vida. Era cuestión de tiempo que su cuerpo físico estuviese en sintonía con su espíritu, con su alma, con lo que fuese que tuviese dentro formando eso que ella denominaba Rita.

En realidad, no temía furía de Bernabé, ni que la ajusticiara. Se detuvo en esa palabra: «ajusticiar». Estaba bien elegida porque precisamente lo que él haría sería justicia. Ella merecía morir por lo que había hecho y merecía hacerlo a sus manos.

No. El horror del abismo no provenía de su muerte. Provenía de adquirir plena consciencia de lo que le había hecho al hombre que amaba, al único hombre que quizá había amado en realidad durante toda su vida. Un amor que escondía a tanta profundidad que solo ahora era capaz de reconocerlo.

Había habido muchos hombres en su vida. De algunos incluso llegó a creerse que los amaba de verdad, pero en el fondo, en el mismo lugar en que ahora se encontraba el amor que sentía por Bernabé, todo lo que había era un vacío que se disfrazaba a sí mismo con serpentinas, confetis y fuegos artificiales y que, alguna vez que otra, hasta llegó a engañarla.

Por eso, acostumbrada al camuflaje con el que ese vacío perenne permanecía en su interior, no supo reconocer lo que había florecido en su lugar. Era cierto que en ocasiones, cuando se quedaba a dormir con él y se despertaba a medianoche para descubrir con sorpresa que Bernabé seguía ahí, ya había sentido algo distinto a lo que sintió por cualquiera de los hombres que pasaron por su vida. Algo sutil, muy sutil, como el matiz de un matiz. Pero fue incapaz de identificarlo. Solo ahora, cuando ya se había perdido todo, podía verlo con claridad.

Permaneció varios minutos llorando desconsoladamente en el suelo. Cuando por fin reunió las fuerzas suficientes como para levantarse, lo hizo entre sollozos y solo para volver a desplomarse sobre la cama.

No merecía vivir después de lo que había hecho. Se quedaría ahí, tumbada, esperando a que Bernabé regresase. Y cuando lo hiciese, porque lo haría, tan solo se dejaría matar sin oponer resistencia. No serviría para compensar la pérdida que le había causado, pero…

Una idea empezó a reptar por el fondo de su mente, saliendo del mismo sitio donde estaba colocado su amor por Bernabé.

Pero…

Se abrió paso entre las nubes de desdicha y pesadumbre que embotaban sus sentidos…

Pero…

… hasta llegar a donde pudo manifestarse de manera explícita.

Pero sería peor. Aquello no pondría fin a la tragedia, sino que la empeoraría.

Lo que sucedía en Los Trueques no salía de allí. A la policía no le gustaba meterse en aquel barrio y tendía a hacer la vista gorda hasta ante los crímenes más aberrantes. Pero ahora no estaban en Los Trueques. Su cadáver aparecería en esta humilde pensión y aquí las autoridades no se desentenderían con tanta facilidad. Capturarían a Bernabé y le mandarían al penal de San Rodrigo, el único lugar de la isla peor que Los Trueques. Allí era donde encerraban a los nativos y a los extranjeros que, por alguna razón, no podían o no querían expulsar.

Y Bernabé, a pesar de haberse criado en las calles de Los Trueques, no sobreviviría a San Rodrigo. Había oído historias espeluznantes de aquel lugar. Aquellos que conseguían permanecer vivos hasta cumplir su condena no regresaban siendo los mismos. Eran tristes fantasmas de lo que fueron, sombras de seres humanos que se arrastraban por la vida solo porque acabar con ella requería de una motivación que eran incapaces de encontrar dentro de sí.

Dejarse matar por Bernabé era el equivalente a matarle. Ninguno de los involucrados en aquella pequeña y triste historia saldría con vida.

Rita se incorporó de golpe en la cama. Sabía lo que tenía que hacer.

Fue hasta su bolso y rebuscó en él hasta que encontró la merca que le había comprado a SeñorSugar. Le quedaban tres dosis. Serían más que suficiente.

Quiso detenerse a pensarlo durante unos momentos pero se negó. No había otra solución. Sacó del bolso la jeringuilla y se puso a preparar la embarcación que la llevaría en el último y más intenso viaje de su vida.


Una semana después, Bernabé estaba en la salida de la terminal de pasajeros del puerto, al volante de la limusina que era su herramienta de trabajo. Su jefe, el señor De Vicente, había sido sorprendentemente comprensivo con él y hasta generoso. Se encargó de los gastos de las exequias de su madre y, a pesar de mostrarse reticente, también aceptó asumir las de Rita. Bernabé las enterró en tumbas situadas una junto a la otra.

No terminó de entender bien lo que pasó. La versión que le dio la policía era que Rita había matado a su madre para robarla y comprar droga con el botín, pero él no estaba convencido de ello. Sí, por desgracia sabía que Rita era una mujer capaz de robar. Alguna vez incluso la había sorprendido sacándole dinero de la cartera pero lo había pasado por alto. Estaba enferma y por eso hacía lo que hacía. Pero no era una mujer capaz de matar, no era una asesina. Aquello tuvo que ser un desafortunado accidente, porque si no lo hubiese sido, habría huido, habría dejado la isla tal y como pretendía hacer con él. Y no, no lo hizo. La culpa pudo con ella y una asesina no siente culpa, solo temor de que la descubran.

Tardaría mucho en recuperarse de todo aquello, lo sabía. No iba a ser fácil, pero tenía que reconocer que las nuevas funciones que le había asignado el señor De Vicente harían que la carga fuera más ligera, aunque solo fuese por la subida de sueldo que las acompañaba. Al principio le pareció dolorosamente irónico que hubiese conseguido medrar tal y como deseaba a consecuencia de la perdida de las dos cosas que más le importaban en la vida, pero se consoló pensando que en alguna parte, su madre y Rita le estarían viendo con orgullo.

Miró la hora en el reloj del salpicadero y salió del auto con un cartel entre las manos. Ingresó a la terminal y esperó una media hora hasta que empezaron a salir los pasajeros del último barco que había llegado. Un muchacho joven, que no llegaría a los treinta, se acercó hasta él diciendo que era el dueño del nombre que figuraba en el cartel. Bernabé ya se había olvidado de cuál era y ni siquiera se tomó la molestia de revisarlo. Tan solo le saludó con una inclinación de cabeza y le indicó el camino con un gesto de la mano.

Aquello no pintaba bien. El muchacho vestía ropa holgada y colorida, con pantalones anchos y una camiseta en la que podían caber tres como él al mismo tiempo. Era una de las señales ante las que el señor De Vicente le dijo que estuviese atento. Especialmente si se trataba de un varón blanco y rubio, como era el caso.

El chico no paró de hablar hasta que llegaron a limusina y tampoco se calló cuando se sentó en el asiento de atrás. A pesar de su parloteo incesante, Bernabé escuchaba con mucha atención, en busca de las palabras clave que el señor De Vicente le había señalado.

Las detectó todas: «mina de oro», «gran potencial», «nueva dirección»… Pero sobre todo fue el tono lo que indicó que al muchacho se le debían aplicar las nuevas funciones que le habían encomendado. Era el tono de quien venía con toda la intención de mear lo antes posible para marcar tanto territorio como fuese capaz y, después, abrir la mochila que traía cargada de problemas para repartirlos a diestro y siniestro. El señor De Vicente se había cansado de tener que lidiar con los de su clase y había dado instrucciones precisas a Bernabé acerca de cómo proceder con aquellos individuos.

Bernabé se desvió un poco de su ruta habitual. Se detuvo en un semáforo en rojo y sacó una pistola con silenciador. Los cristales tintados del auto impidieron que se viese desde fuera como parte de la cabeza del muchacho se esparcía por la tapicería.

Después, Bernabé condujo hasta el parking de El Coronel, dejó la limusina estacionada en un rincón determinado y mandó un mensaje desde su teléfono.

Miró hacia atrás. En breve vendrían a ocuparse del cuerpo.

Pero sería él quien se ocupase de la limpieza. Eso era quizá lo que más le incomodaba de sus nuevas funciones.


Fin del arco «Plano secuencia»


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