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Plano secuencia (IV): EXT. Cafetería – DÍA

—Qué raro —dijo Elena, mirando la hora en su teléfono—. Panzer no suele atrasarse. Le debe de haber surgido algo.

—Habrá tenido que ir a dar una paliza de última hora—dijo Max con acidez—. O a deshacerse de un cadáver inesperado.

—No seas así, Max. Los arregladores no hacen solamente eso, y menos los del Sindicato.

—Pero lo hacen, ¿no?

Elena se limitó a responder con una sonrisa sarcástica y a beber un sorbo de su jugo. Estaban sentados en la terraza de una cafetería situada en la plaza del ayuntamiento. Al frente, el alto edificio del consistorio proyectaba su sombra sobre ellos y contribuía a aliviar el calor de una mañana sin nubes que iba transformándose en mediodía.

—Venga, Max, no lo veas así. Te vendrá bien un trabajo —dijo Elena.

—No necesito dinero.

—No es por el dinero y lo sabes. Además, me dijiste que esta es tu área de experiencia.

—Yo diría que es más bien la contraria.

—¿Qué pasa? ¿Eras policía o qué?

—O qué.

Elena, que hasta el momento se había mostrado de buen humor, cambió de semblante.

—Ok, tienes razón —dijo ella, con seriedad funeraria—. No tienes por qué contestarme: primera regla de la isla. Yo misma fui quien te la dijo.

Max se pellizcó el puente de la nariz. Se estaba comportando como un imbécil. Elena tenía buena intención y él estaba tan a la defensiva que solo le faltaba lanzar aceite hirviendo por encima de sus murallas. Qué coño: estaba empezando a hacerlo.

—No, perdóname —le dijo cargando sus palabras con toda la sinceridad de la que era capaz—. De verdad, lo siento. Es solo que… Mira, sé lo que intentas hacer y te lo agradezco, pero no creo que esto vaya a funcionar. La gente para la que me has dicho que suele trabajar el Sindicato… Solo digamos que son el tipo de gente que estaba en el bando contrario al mío. Y no sé si ahora yo podría…

Ella extendió una mano sobre la mesa y agarró con ternura la de Max.

—¿Cómo estás? —le preguntó en un tono más amable que antes.

Max la miró directamente a los ojos. Eran tan oscuros como su piel y, como esta, invitaban a dejarse caer en ellos. Por eso Max desvió la mirada a los pocos segundos: no estaba seguro de que ese fuese un abismo al que quisiera lanzarse ahora.

—Como oí por ahí, «Ni todo el día ni todos los días». Pero sí, estoy mejor.

Pero cuando no lo estaba, no había duda ni temor que no le asaltase por la espalda, le retorciese el brazo y le atenazase la garganta para obligarle a ponerse de rodillas. Bastaba cualquier cosa insustancial que activase un recuerdo dormido para que una avalancha de memoria le cubriese hasta la cabeza y le impidiese respirar.

Con las defensas derribadas, el pasado se apoderaba de él y le vapuleaba hasta reducirle a un pingajo temblequeante que ni siquiera era una sombra de lo que fue. Los puntos saltaban de las heridas y la sangre comenzaba a manar de nuevo, justo cuando creía que habían empezado a cicatrizar. Y esto era lo que hacía que el dolor fuera más punzante, ya que iba cargado del veneno de la mentira con la que el exceso de confianza le engañaba para que sus caídas fueran más largas.

Desde ese punto, ponerse en pie era más que un desafío. Pero conseguía hacerlo. Lograba tomar aire como para seguir respirando un día más. Y entonces se quedaba a la espera de que sucediese de nuevo. Estaba siempre a la espera.

—No tienes por qué contarme nada —dijo Elena, sacándole de sus ensoñaciones.

—Lo sé.

—Pero quiero que sepas que si lo necesitas, lo puedes hacer.

Max, con sonrisa apenada, asintió.

Se hizo el silencio entre los dos. Sus miradas se esquivaron mutuamente. Cuando la situación se hizo demasiado incómoda, Elena habló.

—¿Te han pasado? —le preguntó ella de pronto.

—¿El qué?

—Ya sabes… —dijo ella, con un mohín que a Max se le antojó encantador— Cosas raras.

—Todo lo que me ha pasado en la vida es raro de cojones.

—No, no, no —dijo ella, moviendo frenéticamente las manos frente a la cara. Y luego añadió, echando la cabeza hacia delante y bajando la voz mientras miraba a los lados—. Cosas raras.

Max, divertido, se encogió de hombros. Ella estaba haciendo un esfuerzo por aliviar la tensión previa y no pensaba impedírselo. Bastante tonto se había puesto ya antes.

—¿Te he contado lo del taxista? —continuó ella.

—No. ¿Qué es «lo del taxista»?

Elena se lo contó. Una noche, hacía ya un tiempo, tuvo que coger un taxi a altas horas de la noche. Se había quedado sin batería en el móvil y, aunque no le hacía mucha gracia, paró al primero que pasó por la calle. Lo que se encontró le hizo menos gracia aun: dos hombres en el interior, uno conduciendo y otro en el puesto de copiloto. Tampoco es que fuese algo extraño. A aquellas horas, era bastante normal que algunos taxistas trabajasen acompañados por si acaso. Pero claro, ella era una mujer sola, su escote era más que generoso y ellos eran dos. De alguna forma, se tranquilizó cuando, al acercarse al coche, vio que los dos hombres se parecían mucho. Debían de ser hermanos. No sabía por qué, pero eso le inspiró más confianza.

Se subió al taxi, le dio su dirección al conductor y este arrancó. Por suerte, no intentó darle conversación. No estaba ella en esos momentos para charlar. Acababa de tener una pelea con un amigo y un cliente le había quedado mal, por lo que su humor no era el más propicio para conversaciones banales.

—«Conversaciones banales» —le interrumpió Max—. Qué vocabulario tan sofisticado.

—Vete a la mierda. De vez en cuando, me sale la universitaria que llevo dentro.

A pesar su estado de ánimo, se sintió tentada de preguntarle al conductor por su compañero, o viceversa. Ahora que podía verlos más de cerca, parecían gemelos. Una curiosidad indefinida le devoraba por dentro, pero no se terminaba de decidir: si le daba pie, el taxista era capaz de contarle toda la historia de su familia.

Llegaron por fin a su destino. Elena buscó en su bolso hasta que dio con el monedero y cuando le tendió unos billetes al conductor, vio que el copiloto ya no estaba.

—¿Dónde ha ido su hermano? —le preguntó Elena, mientras miraba alrededor, alarmada por si hubiese terminado por caer en una trampa.

—¿Conoce a mi hermano? —respondió el taxista mientras le daba el cambio.

—Su hermano. El que estaba aquí.

—Señorita, aquí no iba nadie más que nosotros dos.

Durante diez minutos, estuvieron discutiendo dentro del coche hasta que Elena salió convencida de que el hombre no mentía. Es más: el taxista también se convenció de que ella tampoco.

—No lo entiendo —dijo Max cuando ella terminó de hablar, apuró lo poco que quedaba de su cerveza y pidió otra con un gesto de la mano—. ¿Viste un fantasma y él no lo vio?

—No, no son fantasmas. O sea, algunos creen que sí lo son, pero yo no. No sé que son, pero aparecen de vez en cuando. Tengo amigas que se han pasado toda una noche conversando con un tipo en un bar y luego este ha desaparecido. O cosas más sencillas: vas andando por la calle, delante de ti hay una persona y de pronto, cuando parpadeas, ha desaparecido. Como si nunca hubiese estado ahí. ¿De verdad nunca te ha pasado?

—Pues hasta ahora no.

—Dicen —Elena volvió a echar la cabeza hacia delante y a bajar la voz, o por lo menos a hacer lo que entendía ella como tal— que la isla está encantada. Pero no es eso.

—¿Cómo lo sabes? —dijo Max, conteniendo una sonrisa. Lo que le estaba contando era descabellado, pero resultaba claro que se lo tomaba muy en serio.

—Alguien muy importante en la isla me dijo que, en Cebos Topoi, lo último que había que hacer era preocuparse de los muertos.

—Bueno, los vivos siempre tienden a provocar más problemas.

En lo que a Max le pareció una inquietante sincronía con sus palabras, una enorme figura se paró de pronto detrás de Elena. Todo su cuerpo se tensó con posó una gran mano sobre el hombro de la chica, pero ella se giró con tranquilidad.

—Ya era hora —le dijo a aquella mole humana, con un tono fingido de reproche.

—Surgió algo —respondió la mole, agachándose para depositar un beso en la mejilla de la chica.

—Este es Panzer —le dijo ella a Max, mientras este cogía una silla y se sentaba a un lado de la mesa, entre los dos—. Panzer, este es Max.

No estrecharon las manos: se saludaron tan solo con un gesto de la cabeza. Max se le quedó mirando. El tal Panzer tenía una expresión ausente, como si su cuerpo estuviera aquí pero su cabeza a miles de kilómetros.

—OK, Ele —dijo Panzer, dirigiéndose a Elena—. ¿Para qué soy bueno?

—Mi amigo Max —Elena le señaló con la mano extendida— no sabe qué hacer con su tiempo. Y yo le dije que a lo mejor en el Sindicato se os podrían ocurrir ideas para que matase el rato. Solo el rato, ojo.

—¿Él es quien me contaste?

Max miró a Elena, alarmado.

—Correcto —respondió ella. Y añadió:—. Y no me mires así, que no le he dicho nada malo. Además, tampoco hay mucho que contar.

De pronto, sonó el timbre de un teléfono antiguo. Elena sacó su móvil, miró la pantalla y el rostro se le iluminó. Contestó mientras se ponía de pie.

—¡Don Alberto! No lo puedo creer. Cuánto tiempo…

Se alejó un par de metros al tiempo que les hacía un gesto a ambos hombres para que continuasen charlando. Si su intención era no se la oyese, fue en vano. Estaba emocionada y parecía no controlar el volumen de su voz.

—¿Qué quiere decir con que está aquí?

Panzer y Max se miraron. Después, cada uno volvió la vista hacia un lado.

—¿En serio? ¡Pero si yo estoy en la plaza!

Max miró al cielo. Una nube perdida vagaba solitaria por el azul intenso del cielo. Era pequeña y daba la impresión de ser un cachorrillo perdido. Panzer miró hacia un lado, en dirección contraria a donde se encontraba Elena caminando en círculos.

—No, ya voy yo. Espéreme en el vestíbulo.

Elena cerró la llamada y volvió a la mesa, pero no se sentó.

—Chicos, tengo que irme. Pero mejor, ¿no? Así pueden conversar con toda libertad, sin tener que preocuparse de que yo esté delante. Tú, Panzer: trátalo bien, que ahí donde lo ves, se lo merece. Y tú, Max: escúchale. No te cierres a nada, ¿ok? Hazlo por mí.

Los dos asintieron con una sonrisa mientras ella repartía besos entre ambos y se marchaba en dirección al ayuntamiento. Cuando se quedaron solos, volvieron a caer en el mutismo anterior.

—Esto es incómodo —dijo por fin Max—. Mira, no nos conocemos pero…

—¿Qué quería decir con lo de «no te cierres a nada»?

—Bueno, está empeñada en que yo trabaje en el Sindicato y…

Panzer lo interrumpió resoplando con energía.

—Y tú no quieres —dijo a continuación—. ¿Por qué?

—No necesito el dinero, eso es todo.

Panzer lo miró con recelo.

—No, no es todo. Hay algo más.

—Quizá, pero no es asunto tuyo.

Panzer se arrellanó en la silla, que crujió bajo su peso.

—¿De qué conoces a Ele?

—Ella… me ayudó a salir de un mal momento.

—Y así es como pagas que te siga ayudando.

—Mira, lo que haya entre ella y yo no es asunto tuyo.

Panzer volvió a resoplar. Una servilleta se agitó tras su bufido. Se echó hacia delante. Puso los puños sobre la mesa. La silla volvió a crujir.

—No sé quién eres. No sabía de tu existencia hasta hace unas semanas así que ahora mismo estás en cuarentena en lo que a mí respecta. Sin embargo, Ele no es tonta. Sabe lo que hace: requisito de su oficio. Si ejerce de buena samaritana es porque te lo mereces. Y si me ha llamado a mí, ya no está siendo una buena samaritana sino la puta Madre Teresa de Calcuta, ¿entiendes? Eso significa que eres alguien especial. Así que, por eso, no voy a insistir en que vengas a trabajar con nosotros. Todo lo contrario: te voy a cerrar las puertas.

—¿Y qué clase de favor es ese? —dijo Max, sorprendido.

—Ahora mismo, es posible que uno muy grande, aunque todavía no lo sé. Y es por eso que lo último que quiero es arriesgarme a involucrar a Ele aunque sea a través de terceros. Lo que nos lleva al siguiente punto: no puedes contarle nada de esto.

—¿Por qué?

—Porque basta con que me vea preocupado como para que meta su preciosa naricita en esto. Y aunque es algo que suelo agradecer que haga, ahora no. Así que tenemos un panorama precioso: no sé cómo hacer para no defraudarla.

—Fácil: lo haré yo. Si hasta ahora he sido terco, puedo seguir siéndolo un poco más. Tampoco le va a extrañar. De todas formas, pensaba seguir siendo un gilipollas durante un rato. Puedes quedarte tranquilo: me echaré toda la culpa encima.

Panzer esbozó una sonrisa de medio lado.

—Tienes pinta de que es posible que me llegues a caer bien algún día. Captas rápido los códigos y eso da puntos.

Max tuvo que admitir para sí mismo que, a pesar del recelo inicial, el sentimiento era mutuo. No dejaba de desconfiar de lo que en el fondo era un sicario sobrevalorado, pero la preocupación que expresaba por Elena era genuina. Eso, usando la misma terminología que le había aplicado a él, también daba puntos.

Panzer se puso en pie y, de haber escuchado con atención, se hubiese podido escuchar el suspiro de alivio emitido por la silla. Le tendió la mano por encima de la mesa. Max se la estrechó.

—Oye, si necesitas ayuda en algún momento… —dijo Max y se detuvo, vacilante— Puedes contar conmigo si es necesario.

Panzer le miró fijamente.

—No, no puedo. No te conozco de nada. Pero cuando sepa más de ti, ten claro que no me olvidaré de esto que has dicho.

Entonces, se giró y se fue caminando con paso enérgico. Max le observó alejarse. Había sido un encuentro tenso y extraño. En cualquier caso, había tenido suerte y por partida doble. Porque si Panzer le hubiese hecho una oferta en firme, habría terminado por aceptar.

Todo aquello que le dijo a Elena acerca de no querer unirse al Sindicato era cierto, pero al mismo tiempo era farsa. No le hacía ni pizca de gracia tener que relacionarse con individuos con fichas policiales tan largas como su brazo, pero también quería ganar puntos con ella. Aunque todavía no sabía si estaría dispuesto a hacer algo con ellos, quería ganarlos.

Posiblemente, aquello no hubiese terminado bien, así que tal vez podía considerar que tuvo un golpe de suerte. Nada de puntos pero, por lo menos, no se había metido en la boca del lobo.

Max llamó a un camarero, pidió la cuenta y pagó. Se levantó y, antes de marcharse sin tener muy claro a donde ir, miró hacia el ayuntamiento. ¿Quién era aquel «Don Alberto» por el que Elena les había dejado sin dudar un segundo?

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