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Plano secuencia (V): EXT. Ayuntamiento – DÍA

El vestíbulo del ayuntamiento era amplio, de techo alto y suelo de mármol. La luz del sol lo iluminaba a través de los grandes ventanales de la fachada. A un lado, en la recepción, algunas personas pedían indicaciones. Al otro, unas ventanillas modernas con un par de hileras de sillas de plástico al frente atendían a un público más bien escaso. Pocos eran los trámites que allí se gestionaban: la mayoría se hacían en diversos puntos distribuidos por toda la ciudad, una novedad introducida por la actual administración que parecía estar dando muy buen resultado.

Elena lo vio apenas entró: una figura canosa, alta y robusta estaba en el centro del vestíbulo, conversando con… con ese, lo cual le sacó una mueca de disgusto. Bueno, podría tolerarlo durante unos segundos, que seguro que era el tiempo que tardaría en marcharse cuando ella hiciese aparición.

—¡Don Alberto! —gritó ella sin ningún tipo de vergüenza, acercándose a grandes zancadas. Su voz se vio amplificada por el rebote del sonido en las altas paredes y columnas.

El hombretón robusto se giró justo a tiempo de ver como Elena llegaba hasta él. Una amplia sonrisa se formó en sus labios carnosos y su ancho rostro, de tez morena, ojos pequeños y nariz chata, se iluminó. Extendió los musculosos brazos hacia los lados y ella se lanzó contra su amplio torso, uniéndose en un afectuoso abrazo que fue contemplado con frialdad por su acompañante. Cuando por fin se separaron, este miró hacia otro lado.

—Estás preciosa, Ele —dijo Don Alberto.

—No me venga con esas. Si me hubiese avisado con tiempo, le habría demostrado de verdad lo que es la belleza.

Sonó un pitido.

—Es por eso que no te aviso: para que no me opaques.

El pitido se repitió.

Ambos se echaron a reír y se detuvieron al oír a su lado un carraspeo.

—Alberto, debo irme —dijo el otro hombre.

Elena le miró cargando sus ojos con todo el desprecio del que fue capaz. Ahí estaba, con su terno de corte impecable, con su perilla delineada con precisión, con su peinado intachable. Así era el alcalde de Cebos Topoi: un cascarón tan perfecto como vacío. Y pensar que estuvo a punto de casarse con él…

Don Alberto extendió una mano y le estrechó el hombro.

—Claro, claro, perdona. Tienes que encargarte de eso —una sombra pareció pasarle por el rostro durante un par de segundos—. Avísame de cualquier novedad que haya.

El alcalde asintió.

—Claro, Efraín —dijo Elena, sin poder reprimirse—. Tú sigue alcaldeando, que es lo tuyo.

El alcalde no dijo nada, pero podía sentirse en el aire la tensión con la que mantenía sus labios cerrados: era tan intensa que amenazaba con convertirse en un agujero negro.

Elena se colgó del brazo de Don Alberto y tiró de él en dirección a la salida.

—¿Y que milagro ha conseguido sacarle de ese pueblucho al que tanto cariño le tiene? —dijo ella mientras dejaban atrás al alcalde.

—El mismo cariño que tú nunca has sabido darle, por otra parte.

—Porque usted no ha querido enseñármelo, Don Alberto. Es todo culpa suya.

A su espalda, el alcalde marchó en dirección opuesta e ingresó en su ascensor privado, que le esperaba con las puertas abiertas. Un guardia de seguridad estaba junto a ellas.

Don Alberto miró hacia atrás ligeramente.

—¿Es que nunca van a arreglar las cosas? —dijo.

—Si es por mí, tenga claro que no —respondió ella.


Efraín Reyes, cuyo título era el de alcalde de Cebos Topoi pero que en la práctica era el presidente de la pequeña nación que era aquella isla, posó su mano sobre un sensor en forma de pantalla. Las puertas del ascensor se cerraron y este empezó a descender.

Entonces le dio un puñetazo a la pared y se arrepintió inmediatamente: sus dedos crujieron de forma desagradable y una oleada de dolor ascendió por su brazo.

Maldita mujer, pensó mientras se metía la mano adolorida bajo el otro brazo. Maldita. Maldita, maldita, maldita.

Su teléfono volvió a pitar. Ahora sí, lo sacó y contestó.

—¡Estoy bajando, carajo! —gritó y cortó la comunicación.

Maldita, maldita, maldita.

Maldita por su irrespetuosidad, por su altivez, por su arrogancia. Maldita porque esas eran algunas de las cosas que le habían hecho enamorarse de ella en primer lugar.

Y maldito aquel ascensor, que no contento con descender a tanta profundidad, lo hacía con una lentitud deliberada por medidas de seguridad. Daba demasiado tiempo para pensar. Quizá debería haber bajado por las escaleras. Al menos, se habría desfogado sin necesidad de magullarse la mano.

Cuando por fin se volvieron a abrir las puertas, Reyes salió a una sala semicircular recubierta por paneles de metal del suelo al techo. Tres puertas deslizantes se encontraban cerradas ante él y esperó unos segundos a que las cámaras de reconocimiento facial situadas sobre ellas verificaran su identidad. Cuando lo hicieron, el piloto rojo situado junto a cada una cambió a color verde. Fue hasta la puerta del centro y esta se deslizó silenciosamente hacia un lado para franquearle el paso a un pasillo por el que se acercaba el doctor Vigo.

Vigo le estrechó la mano y caminó junto a él sin dejar de hablar. Era calvo, delgado y con gafas. La bata blanca le daba un aire de estereotipo que su comportamiento habitual contribuía a reforzar. Era como si alguien que solo había visto a un científico en películas le hubiese dado lecciones de etiqueta. Reyes pocas veces le encontraba esperándole junto al ascensor o en la sala de monitorización: siempre iba a su encuentro y hablaba mientras caminaban, como si estuviera actuando para una cámara oculta. Y claro que había cámaras ocultas. Había muchas. Pero su propósito no era grabar la serie de televisión que parecía desarrollarse en la cabeza de Vigo.

—Los números no dejan de crecer, alcalde Reyes —le dijo Vigo—. Durante toda la mañana no han parado de subir y bajar, pero desde hace una media hora el crecimiento está siendo sostenido.

—¿Y eso es motivo para llamarme? —respondió Reyes, arisco, mientras tiraba ligeramente de los puños de la camisa. La mano todavía le dolía.

Vigo titubeó unos instantes.

—Señor… Usted me dijo que quería ver los nuevos equipos personalmente cuando hubiese un pico energético. Y esto califica como tal.

Reyes se reprendió a sí mismo. Maldita Ele… Elena. Deletreó el nombre mentalmente: E-L-E-N-A. Se negaba a volver a llamarla con aquel diminutivo. Eso estaba reservado para los más cercanos a ella. Él ya no lo era. Así que: maldita Elena. Maldita ahora porque le había vuelto la cabeza del revés. Tenía que recomponerse. Aquello era importante.

Resopló y dirigió a Vigo una mirada en la que lanzó todo el reproche a sí mismo hacia fuera. Vigo se encogió ligeramente, como si le hubiesen dado un golpe en la nuca con la mano abierta.

—Así que estamos a punto de tener una fuga —dijo Reyes.

—Es posible, señor —dijo Vigo—. Pero si se produce, creemos que no será debido a una amplificación de la intensidad sino por una merma de la resistencia lítica.

—Doctor Vigo, ¿va a echarme la bronca de nuevo?

Vigo abrió la boca para decir algo pero lo que pareció un acceso de prudencia le hizo cerrarla. Llegaron al final del pasillo y una nueva puerta deslizante se abrió ante ellos.

La sala a la que entraron tenía forma de media luna. Al frente, sobre varias consolas llenas de pequeñas pantallas, medidores, teclados e interruptores, una gran cristalera estaba tapada por una cubierta de metal. Dos jóvenes asistentes, cada uno también con su correspondiente bata blanca, estaban sentados ante las consolas. A los lados y colgando del techo, varios monitores mostraban cifras y gráficos que iban alterándose a gran velocidad. Algunos solo mostraban estática.

Por supuesto que Vigo pretendía echarle la bronca. De una manera sutil, mencionando los efectos de lo que el doctor consideraba una negligencia imperdonable: la falta de presupuesto. Y eso que apenas hacía dos semanas que los equipos nuevos habían sido instalados. Aquel hombre era insaciable.

Repuesto de la incómoda pausa, Vigo volvió a arremeter contra Reyes con un torrente de jerga científica, mucha de la cual había inventado para la ocasión. No lo hizo en vano: allí estaban tratando con algo completamente nuevo, lo cual resultaba paradójico ya que el fenómeno que Reyes siempre conoció como «La Grieta» llevaba existiendo cientos de miles de años en aquel lugar. Sin embargo, no fue hasta hace unas décadas que, a instancias de su padre, el alcalde anterior, se empezó a investigar de manera seria y rigurosa. Y sobre todo, secreta. Muy secreta. Con muy contadas excepciones fuera de la isla, nadie en todo el mundo tenía conocimiento de su existencia.

Esquivando como pudo los arenosos términos que empleaba Vigo, Reyes descifró lo que le estaba diciendo. El deterioro del aislamiento natural, el cuál era toda la roca que formaba la isla y en especial aquella que rodeaba la gruta en la que se encontraban, continuaba produciéndose. El recubrimiento metálico, hecho de una aleación especial, parecía haber contribuido en algo a contener las emisiones energéticas que provenían de la Grieta. Seguían trabajando en mejorar la composición del metal, pero todavía no era suficiente como para cubrir la permeabilidad de la roca. Antes, absorbía la mayor parte de la energía, pero ya no era así: la actividad había transmutado la composición geológica, reduciendo sus capacidades aislantes al convertir la roca en minerales completamente nuevos cuyas aplicaciones no alcanzaban todavía a comprender. Los análisis habían mostrado unas posibilidades muy prometedoras, pero de nada serviría que esa transmutación convirtiese la roca en oro, coltán o incluso grafeno: si el aislamiento fallaba, no habría cómo aprovecharlo porque… bueno, porque no habría nada. Así, en general: nada.

—¿Alguna idea acerca de por qué se producen los picos de actividad? —preguntó Reyes. Tras tantos años, aquellos condenados picos seguían siendo impredecibles.

—Bueno, ejem, tengo una teoría —dijo Vigo.

Reyes le miró en silencio, con el ceño fruncido.

—Solo es una teoría, y tampoco dice mucho. Pero quizá… O sea, imagínese por un momento que lo que nosotros interpretamos como fluctuaciones de actividad energética no fuesen tales, sino que el nivel de emisión fuera constante en todo momento. La cantidad de energía que sale de la grieta es siempre la misma, solo que antes la roca era capaz de absorberla antes de que nuestras mediciones pudiesen realizarse y lo que detectábamos en realidad era energía residual. Ahora, al haberse incrementado la permeabilidad de la roca, esa energía residual es mayor.

—Es decir, que no se está emitiendo más energía, sino que se está absorbiendo menos.

—Exactamente. Si esto fuese así, sería una buena noticia, porque solo tendríamos que concentrarnos en dar con el material apropiado capaz de replicar la impermeabilidad de la roca.

—¿Y si no fuera así? ¿Y si fueran las dos cosas?

—No entiendo a qué se refiere —dijo Vigo, entrecerrando los ojos.

—Sí, las dos cosas: que la roca absorbe menos pero que también la Grieta está emitiendo más.

—Alcalde, permítame decirle que no resulta conveniente ponernos tan negativos. Está comprobado que la negatividad interfiere con los procesos mentales, entorpeciendo el razonamiento y reduciendo la capacidad creativa…

—Pero a mí me permite planificar con mayor precisión la forma en la que conseguir que la realidad se mantenga tal y como la conocemos. Y en esa planificación entra su hermoso presupuesto, por si no se había dado cuenta. Así que, doctor, dígame cuáles son las acciones concretas que podemos tomar de manera inmediata para empezar a solucionar este problema.

Vigo suspiró.

—Reforzar el aislamiento. Sustituir los paneles metálicos que hayan sufrido mayor desgaste por otros nuevos y doblar su grosor. Adquirir nuevos aparatos de medición para intentar modificarlos de acuerdo a nuestras necesidades. También…

Reyes le detuvo.

—Póngalo por escrito lo antes posible. Haré lo que se pueda, pero no espere milagros.

—Sí, alcalde. Y sería prudente…

—¿El qué?

—Incrementar el número de efectivos dedicados a manejar las anomalías provocadas por las fugas. Existen muchas probabilidades de que estas aumenten de frecuencia y…

—Se lo he dicho: no espere milagros —le interrumpió Reyes—. Y ese es uno. Llevamos mucho tiempo coexistiendo con las anomalías y hasta cierto punto hasta nos hemos acostumbrado a ellas. Pocas veces causan efectos graves, así que eso tendrá que esperar.

Reyes miró a uno de los monitores que transmitían estática.

—¿Todavía no han dado con la frecuencia para transmitir imagen? —preguntó.

—No —admitió Vigo con pesar—, pero sí hemos conseguido medir la longitu de onda que…

—No me importa —le cortó Reyes—. Eso sí que es urgente y no lo de aumentar el personal. Pida lo que necesite para conseguirlo: tal vez nos ayude a predecir los picos de actividad. Ahora, ábrala.

—Señor, sería mejor que…

—He mirado a la Grieta directamente desde que era un niño, doctor. Y hasta que consigan que los monitores capten su imagen, habrá que mirarla directamente para comprobar si se produce o no una fuga, ¿verdad? Así que, vamos: ábrala.

Vigo le hizo una seña a uno de sus asistentes, que le miraba a la espera de confirmación. Después, este introdujo un código en un teclado numérico que estaba separado de los otros y la gruesa mampara comenzó a ascender con lentitud.

Ahí estaba. Era como fulgor suspendido en el aire, algo parecido a una luz reflejada en un cristal. El centro, de un blanco intenso, titilaba ligera pero apreciablemente, y ondulaciones circulares de distintos colores se mecían en torno a él. Lo que parecían dos anchos pilares de metal salían del techo y del suelo hasta quedarse a corta distancia del núcleo. Contenían los sensores que proveían de la mayoría de información que tanto apreciaba el doctor Vigo.

Era un espectáculo hermoso, tenía que reconocerlo. Tan hermoso como terrible. No era posible contemplarlo durante mucho tiempo, apenas tan solo unos minutos. Más allá, empezaban a ocurrirte cosas raras. La visión se veía afectada, sentías nauseas, el sentido del equilibrio se alteraba y tu mente empezaba a desvariar, percibiendo cosas que no estaban allí, incluso cosas que no era posible que estuviesen en ningún lugar. Construir toda aquella instalación y, sobre todo, colocar el recubrimiento metálico sobre las paredes de la gruta costó mucho tiempo y esfuerzo, además de la cordura de varios operarios, que hasta el momento no habían conseguido recuperarse.

De pronto, las ondulaciones se encresparon formando picos que iban aumentando de tamaño a cada segundo. Los colores se hicieron más vivos y el titilar del núcleo se convirtió en una palpitación tumultuosa.

—¡Cuidado! —gritó el alcalde al tiempo que cerraba los ojos y se cubría la cara con el brazo.

Un inmenso destello lo cubrió todo. Fue tan intenso que el alcalde pudo verlo a través de sus párpados.

Duró tan solo unos pocos segundos. Cuando el alcalde abrió los ojos, no estaba deslumbrado, como siempre esperaba cuando ocurría esto. Aunque no era científico, estaba seguro de que aquello no era simple luz. Al menos, no totalmente.

Como si hubiese sido activado por un resorte, el doctor Vigo comenzó a pedir datos con nombres extravagantes. El alcalde miró de nuevo a la Grieta mientras se cerraba la mampara metálica: había vuelto a su forma original.

—¿Persistente o temporal? —dijo el alcalde.

El doctor Vigo se detuvo en seco.

—¿Perdón?

—Ahora mismo tengo una anomalía ahí arriba —dijo el alcalde con tono arisco— y quiero saber si es persistente o temporal.

El doctor dirigió su mirada a uno de sus asistentes. Este, a su vez, miró a una pantalla cercana.

—Eeeh —titubeó el asistente—. Existe un 65% de posibilidades de que se trate de una anomalía temporal.

—Pues esperemos que no sea el 35% restante el que se cumpla —dijo Reyes, sarcástico—. Estamos cortos de espacio.

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