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Diálogo para uno

Primera entrega de «Desde las cenizas»

Cae la noche. Lo puede ver por el diminuto ventanuco que tiene la habitación. Un remedo de sonrisa se asoma a su cara, una mueca amarga con la que da las gracias porque el día esté terminando. Todo lo que quiere es eso: que los días pasen, aunque no pase nada en ellos.

Diálogo para uno

Está sentado en el suelo, las piernas encogidas contra el pecho. El largo pelo mugroso le cubre la cara. A su alrededor no hay nada más que polvo: el que había cuando él llegó y el que se ha acumulado desde que está ahí. Lleva tanto tiempo encerrado que con las células muertas suyas que debe de haber desparramadas podría hacerse otro Max. Le gusta la metáfora de que su cuerpo esté esparcido como polvo por todo el lugar. Es un fiel reflejo de como se siente.

Saca el teléfono del bolsillo. Apenas puede ver su contorno en la penumbra que se va transmutando en oscuridad con rapidez. Se lo lleva al oído. Habla.

—…

—¿Qué dices? No te escucho bien.

—Que fue mi culpa.

—Ah, otra vez con eso.

—Fue todo mi culpa. Debí de darme cuenta antes de lo que estaba ocurriendo. Yo sé que…

—¿Que qué? Te traicionaron. Te engañaron desde antes de que pudieses verlo venir. Egea, DK…

—Debí verlo.

—Fueron muy listos. Más listos de lo que tú u Ochoa se podían imaginar. Ni él, ni Benavente y ni siquiera el geniecillo de K lo vieron venir.

—¿Y eso qué es? ¿Una excusa? Además, ahora están muertos. Yo debería estarlo también.

—Olvídate de eso. Acuérdate de lo que dijo Andy: a ti te querían vivo. Joder, te quieren vivo.

—Pues no pienso darles la oportunidad de que me cojan.

—Eso está bien. Pero no puedes pasarte aquí encerrado toda tu vida. Tienes que salir, rehacer tu vida. Construir una. ¿Cuánto tiempo llevas ya aquí, en la isla?

—He perdido la cuenta. ¿Dos meses? ¿Tres? No lo sé. Pero no importa. Aun es demasiado temprano.

—Pero…

—Además, no quiero una nueva vida. Quiero la que tenía.

—Eso es imposible.

—Lo sé.


Diálogo para uno

Día tras día se repetía la misma escena: Max sentado en el suelo, a oscuras, a veces tumbado, hablando al teléfono.

—La tengo todo el día metida en la cabeza.

—Ahora toca eso. Vale.

—Está detrás de todas las cosas que hago.

—Pero si no haces nada.

—Está en todas las mujeres con las que me cruzo por la calle.

—Eso cuando sales.

—La única razón por la que salgo es…

—… por comida.

—… porque tengo la esperanza de cruzarme con ella. Sé qué es imposible. Y que si se hiciese realidad, significaría que me han encontrado.

—Sí, es una esperanza tan infundada como estúpida.

—Pero no voy a parar de hacerlo. Es lo único que me mantiene en pie.

—No, estás equivocado. No es eso lo que te mantiene en pie. Es otra cosa.

—¿Y tú como lo sabes?

—¿Que yo cómo…? Anda, no jodas.

—…

—Te aferras a algo que no fue real. Es comprensible que quieras justificarlo, encontrar un sentido a todo, pero estás llegando a un grado enfermizo.

—Lo que yo sentí sí lo fue.

—Eso sí. Pero no lo que creías que ella te estaba dando.

—No, ahí te equivocas.

—Tienes que asumirlo: era una farsa. Míralo de esta manera: fundamentas tu análisis en información errónea, en datos deliberadamente incorrectos. Es en base a eso y no a otra cosa que tu corazón tomó una decisión de la cual ahora no te puedes desembarazar.

—¿Y quién te dice a ti que lo que yo vi no fue real?

—Venga, hombre…

—Sé lo que vi en sus pequeños gestos, en ciertas inflexiones de voz, en el fondo de sus ojos…

—Estás buscando donde no hay. Tratas de justificar un sentimiento del que no te atreves a deshacerte.

—Tú que sabrás.

Entonces era cuando apagaba el teléfono y se recreaba en su recuerdo. Antes de que su conversación consigo mismo se fuese por otros derroteros. Ahora, todo lo que tenía de ella residía en su memoria y se esforzaba por no perderlo.

Echaba de menos su cuerpo, claro. Como lo recordaba. Echaba de menos la pasión que ella ponía cuando le cabalgaba y, sobre todo, esa expresión de placer perverso que veía en su rostro y que le ponía a mil y le hacía bombear más duro. Pero eso era en los mejores momentos, aquellos en los que conseguía mirar con cierta paz al pasado.

En los peores, admitía lo que más echaba de menos.

Lo que más extrañaba era lo que venía después: la mano sobre su cabeza, los dedos entre su pelo, esa caricia lenta y suave, como si estuviese memorizando los detalles de su cuero cabelludo. Echaba de menos la yema de sus dedos recorriendo su piel, ya fuese perfilando sus pectorales o pasando por el dorso de su mano mientras tomaban un café. Y sobre todo, extrañaba sus abrazos. Aquellos que se daban cuando se veían después de un par de días, o el brazo que estiraba ella sobre él cuando estaban a punto de quedarse dormidos.

Extrañaba ese tipo de cosas. Las echaba en falta como se echa en falta el oxígeno bajo el agua. Y ese tipo de cosas las que le impedían convencerse de que todo había sido una farsa.


Diálogo para uno

Había días que eran peores que otros. En esos días, en esas malas horas, ni siquiera lloraba. Solo se quedaba tirado en el suelo, mirando al techo, girando para ponerse de lado solo cuando no aguantaba el dolor de espalda. Era capaz de no dormir durante varios días cuando estaba en ese estado.

Y tampoco hablaba. Solo lo hacía cuando notaba que su cuerpo estaba a punto de rendirse. Eran entonces cuando la conversación se tornaba más peligrosa.

—¿Lo has pensado?

—¿El qué?

—No te atreves a decirlo en voz alta, ¿verdad?

—¿El qué?

—Ya lo sabes.

—Y tú sabes que sí, que lo he pensado.

—¿Y por qué no lo haces? Si tan mal estás, busca en tu petate. Ahí tienes la pistola. O súbete a un edificio y salta.

—No. Eso no.

—¿Por qué?

—Sabes que podría fallar.

—Ni tú sobrevivirías a un tiro en la cabeza.

—Es verdad que no soy Andy, pero tampoco conozco mis límites. ¿Y si la bala… ? ¿Y si sobreviviese por alguna razón y mi cuerpo se empezase a recuperar? Sería peor que esto.

—Dolería más, eso sí. Pero de que fuese peor, no estoy seguro.

—¿Me estás animando a que me mate?

—No. Lo que estoy haciendo es intentar animarte a que tomes el control de tu vida. A que tomes una decisión en un sentido o en otro y que dejes de vegetar aquí. Muerto ya estás. En vida, pero muerto. Ahora es el momento de resucitar.

—No. Todavía no.

—¿Qué? ¿«Cinco minutitos más»?

—Todavía no puedo soportarlo.

—¿El qué?

—Todo.

—Pero, ¿de qué tienes miedo? Dilo en voz alta.

—De todo.

—¿Tienes miedo de volver a relacionarte con la gente? ¿De que te traicionen?

—Sí.

—¿De que, cuando menos te lo esperes, descubras que lo que has construido es falso otra vez?

—Sí.

—Eso no va a ocurrir. No si no te dejas.

—¡No me jodas! ¿Sabes donde estoy? Estoy tan lejos de casa, tan lejos de lo que siempre he conocido, que no sé ni por donde empezar. En esta isla absurda nada tiene sentido. Aquí todo es una farsa, otra más. La peor escoria de la humanidad viene aquí a buscar refugio. Y me dices que tengo que reconstruir mi vida aquí, junto con aquellos a los perseguía. Al doblar la esquina, te puedes cruzar con un mafioso; cuando vas a comprar el pan, el de al lado puede ser un pederasta; y si te tomas una copa, quien te la sirva puede ser un asesino en serie. ¡Y quieres que reconstruya aquí mi vida! ¿Cómo puedo hacerlo rodeado de estos deshechos humanos?

—¿Cuál es el problema? ¿Qué es lo que temes? Tú no estás a su nivel.

—Me queda el suficiente orgullo como para saber quien soy. Pero con el pasar de los días me voy olvidando de ello. Y voy pensando que… quizá, si estoy aquí es porque merezco estarlo, porque merezco estar junto a ellos.

—Eso no es verdad y lo sabes. Te estás victimizando.

—Sí, lo sé. Pero hay días… ¿Sabes esos días en los que por mucho que te esfuerces no puedes ver la luz al final del túnel. Pues mi túnel es muy largo y estoy seguro de que cuando vea una luz al final será un tren viniendo de frente.


Diálogo para uno

Y así, pasaron los meses. Cada día se desangraba con la lentitud de una adolescente en una bañera con las muñecas cortadas, pero luego todos juntos parecían haber pasado como una avalancha. Y el clima no ayudaba a ello. Aquella isla estaba atascada en una eterna primavera. Parecía como si el tiempo se hubiese congelado, como si estuviera en un bucle perpetuo: los días no pasaban, solo había uno que se repetía constantemente.

—¿Cuánto tiempo hace que no sales?

—No lo sé. He perdido la cuenta. Ni siquiera sé cuanto hace que llegué aquí.

—Ni tú puedes sobrevivir sin comer.

—No necesito salir. Cuando tenga hambre, iré a por comida.

—Lo bueno es que a este paso no vas a necesitar a hacerlo: podrás cazar las ratas que van a terminar entrando a este lugar.

—¿Sabes que estoy harto de escucharte? ¿Sabes que estoy cansado de tus reproches? ¿Sabes que odio que me digas qué es lo que tengo que hacer?

—¿Te das cuenta de lo absurda que resulta esta conversación?

—Sí. Y me importa poco.

—Te das cuenta de que eres tú mismo, respondiéndote a ti mismo.

—Sí. A lo mejor me estoy volviendo loco.

—Quizá. Es solo que…

—¿Qué?

—A veces no sé si soy tu cable o tu horca.

—¿Mi horca?

—O tu cable. No sé si realmente soy esa parte de ti a la que te estás agarrando para sobrevivir o si soy la horca alrededor de tu cuello para ayudarte a terminar con todo.


Diálogo para uno

Y así, un año.

Yaciendo en el suelo de aquella diminuta casa infecta.

Grabando sus torturadas conversaciones en un teléfono que solo podía cumplir esa función.

Saliendo a por comida solo cuando el dolor de estómago era tan fuerte que ni siquiera podía pensar. E incluso en esos momentos se resistía a salir, porque el dolor al menos conseguía que su cabeza se centrase en algo.

Y hubiese seguido así un año más. Y otro. Y otro.

De no ser por lo que ocurrió.

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