Desde las cenizas (V): en aquellos momentos


Desde las cenizas (V): en aquellos momentos

La figura alta y delgada de Andy estaba sentada en el respaldo de un sillón. También se había dejado el pelo largo. Los mechones rizados de un intenso color rojo le caían sobre los hombros; uno lo hacía por la frente, hasta casi cubrir un ojo.

Andy fue quien le ayudó a escapar de sus perseguidores, a salir de España y llegar hasta allí. Fue él también quien encontró la casa en la que pasó tanto tiempo hasta que Elena llegó.

Signos. Por todas partes. Que apareciera ahora, que se sentía con fuerzas para arrancar de nuevo, parecía ser uno de ellos. Y tal vez no uno bueno.

—Vale que quizá no me merezca que me abraces, pero con un «Hola» me bastaría.

Max siguió en silencio. Estaba aturdido y17 desconcertado. Lo último que esperaba era que Andy apareciese de la nada en aquel lugar. No en Cebos Topoi, sino en aquel salón. Y si él había sido capaz de encontrarle, entonces…

Inquietud. Temor. Y bajo todo ello, una capa de infatigable esperanza que iba en contra de todo lo que las evidencias dictaban. Una retorcida esperanza de volver a ver al a mujer que trató de matarle.

La expresión en su rostro debió cambiar de una manera muy evidente, porque Andy alzó las manos, como queriendo calmarlo.

—Tranquilo. Que te haya encontrado yo no significa que lo hayan hecho ellos. Me ha costado bastante, ¿sabes?

Pero podrían seguir tus pasos, pensó Max, lo que quiere decir que he tomado la mejor decisión al irme ahora. Eso le produjo una cierta satisfacción, al tiempo que su esperanza enfermiza recibía un diminuto golpe, pero golpe al fin y al cabo.

Andy se apartó del sillón y deambuló por el salón, examinando todo lo que había en él.

—No sé como lo has hecho, pero lo hiciste muy bien —dijo, mientras cogía una manzana de plástico del frutero artificial que hacía de centro de mesa. La olió, hizo ademán de morderla y la devolvió a su sitio con una sonrisa—. Te estuvieron buscando. Aquí. Sí, aquí. Y eso que esta isla se supone que es una de las más seguras del mundo para estas cosas. Y fueron capaces de venir no una, sino hasta tres veces.

Max comprendía la magnitud de lo que decía Andy. No era solo que Cebos Topoi fuera una micronación que no tenía tratados de extradición con nadie, sino que protegía activamente a aquellos que se refugiaban tras su fronteras. Si entrabas a llevarte a alguien, te detectarían inmediatamente y, si tenías suerte, te pondrían de patitas en el mar; si no la tenías, no se volvería a saber de ti. Tenían fama de ser infalibles a la hora de detectar a cualquier agente, espía o incluso asesino a sueldo que quisiera cobrarse una cabeza por encargo. En el mismo momento en que pisabas Cebos Topoi, eras considerado residente a menos que te marchases por tu propia voluntad, y en la isla cuidaban de los suyos. Así funcionaban las cosas por allí.

Era de lo poco que sabía del que ahora era su nuevo hogar. Se lo había explicado Andy durante aquel largo viaje en barco en el cual había empezado a cavar el que terminaría siendo el hoyo donde había pasado el último año. Él ya lo sabía de antes. En los círculos en los que se movía, Cebos Topoi despertaba muchas antipatías. Para los delincuentes, era el equivalente a ir a un árbol y decir «¡casa!» durante un juego infantil. Allí, eran intocables.

—Pero no te encontraron —continuó diciendo Andy ante el mutismo de Max—. Y buscaron con ganas. Son bastante buenos, la verdad. Hay que serlo para sortear a los servicios de inteligencia de aquí. No se tragaron las pistas falsas que fui dejando, y eso que estaban bastante trabajadas. Pero ahora volverán sobre ellas. Es lo único que les queda. Así que, amigo, esta isla se ha convertido en el lugar más seguro del mundo para ti.

—¿Y quién te dice que no volverán? —dijo por fin Max, con una agresividad de la que se arrepintió inmediatamente. Andy no se merecía ese trato, pero desde el momento en el que le vio, se puso a la defensiva. No por él, sino por lo que implicaba su presencia.

—He reforzado esas pistas y he añadido otras incluso mejores. No es porque lo diga yo, pero te aseguro que he hecho un buen trabajo. Además, averigüé quienes tenían aquí de soplones. Y me he ocupé de ellos.

Max agachó la cabeza y emitió un sonoro suspiro. Creía a Andy. No era solo que no tuviese otra opción, sino que aquel hombre había demostrado ser merecedor de su confianza. Era injusto tratarle de la forma en la que lo estaba haciendo, sin importar lo que sintiese, lo que su presencia removiese en su interior. No solo le había salvado la vida, sino que seguía haciéndolo.

—Mira, Andy, yo… —empezó a decir. Pero el interpelado le cortó con un gesto.

—No importa —dijo el pelirrojo—. Imagino por lo que debes estar pasando. No tiene que ser fácil. Así que no te preocupes. Encárgate de ti mismo que yo me encargaré de todo lo demás. Hasta el momento, lo has hecho muy bien. Sigue así.

—Pero ¿has averiguado algo acerca de lo que buscan? ¿Por qué quieren matarme?

—No. Bueno, prácticamente no he descubierto nada. No he tenido tiempo. No eres el único del que debo cuidar, ¿sabes? Y hacer todo esto implica gastos para los que tengo que conseguir el dinero. Que sea inmortal no quiere decir que sea millonario. Pero tengo mis propias teorías. Y creo que son bastante acertadas.

—¿Y qué dicen esas teorías?

—Que te quieren vivo. Claro, que eso no quiere decir que tengas que estar entero, pero sospecho que también les interesaría que estuvieses en buen estado.

Max se sorprendió. Pero tenía sentido. Tenía demasiado sentido: así cuadraban muchas de las cosas que habían pasado por su cabeza desde que todo aquello comenzó. O por lo menos, desde que se desveló.

—¿Pero para qué? —dijo Max— ¿Lo que quieren es la información del IDASI? Porque para eso no me necesitan.

—No le des más vueltas —le detuvo Andy—. Hasta que no sepamos más, no tiene sentido. Ahora que las cosas parecen haberse calmado un poco, me pondré manos a la obra. Cuando sepa algo, no serás el primero en enterarse, pero haré lo posible para que lo sepas cuanto antes.

Guiándole un ojo, Andy se dio la vuelta en dirección a la puerta del apartamento.

—¡Espera! —le dijo Max mientras avanzaba hacia él— ¿Qué debo hacer ahora entonces?

—Creo que ya no es necesario hacer lo que hayas hecho para esconderte. Puedes buscarte una vida normal por el momento. Ya no hace falta que andes mirando por encima del hombro. Pero no estaría de más que mantengas un perfil bajo, que no llames la atención. Aquí no es difícil hacerlo. La mayoría se dedica a eso, a no destacar.

Max asintió. Y después, llevado por un impulso, le tendió la mano.

Andy la miró y, tras sonreír, se la estrechó con firmeza.

—Tranquilo, tendrás noticias mías.

Apenas se cerró la puerta, Max se dio la vuelta y se encontró con que Elena estaba saliendo de la habitación. Se restregaba un ojo con un puño. Llevaba un ancho y fino pijama con ositos estampados.

—¿Amigo tuyo? —dijo, mientras reprimía un bostezo.

—No deberías haberte levantado. Es muy temprano para ti.

—Bah —respondió ella, con somnolencia y sin conseguir abrir del todo los ojos—. Además, saber que tienes un amigo es todo un notición. Le quita el sueño a cualquiera.

Max sonrió sin alegría.

—¿Hay algo que quieras contarme?

—Sí, lo hay —dijo él, tras inspirar profundamente—. Vamos, te prepararé un café.


Desde las cenizas (V): en aquellos momentos

No le contó nada de lo que había hablado con Andy. Sabía que no era necesario. Ella entendería que era algo de su pasado, y la regla en la isla era no traer nada de equipaje desde allá. Todos lo entendían.

Pero sí le contó acerca de la decisión que había tomado.

—No voy a negar que te echaré de menos —le dijo ella—. Ha sido bonito tener compañía.

—No te preocupes. Seguiremos viéndonos.

—Por supuesto. No he invertido tanto en ti como para dejar que desaparezcas.

—Sobre eso… —empezó a decir Max, poniendo el sobre con dinero encima de la mesa. Pero ella le paró en cuanto lo vio.

—No, nada de «eso». He dicho «inversión», no «préstamo». Además, que también me quieras pagar tú por esto me parece de muy mal gusto.

—Lo siento. No pensé que…

—Estamos susceptibles, ¿eh? —le dijo ella con una sonrisa mientras le pellizcaba la mejilla cariñosamente.

Sentados a la mesa de la cocina, continuaron hablando y haciendo planes hasta la hora del almuerzo. Max no se hizo de rogar y dejó que la chica le ayudase. Tenía preparado un pequeño discurso para marcharse lo antes posible, como si nunca hubiese estado allí. Pero no llegó a utilizarlo. Ni era apropiado, ni necesario.

Max pensaba irse a un hotel mientras buscaba apartamento, pero ella insistió en ayudarle con la búsqueda y que se quedase allí hasta que diese con el lugar ideal. Por agradecimiento, aceptó, aunque la idea no le gustaba al principio. Si volvían aquellos que le estaban buscando, Elena podría ser un hilo que les llevase hasta él. Pero luego se dio cuenta de que ya lo era. Y mejor que dispusiese de una información que podría conseguir que la dejasen en paz en el caso de que la acosaran o la amenazasen en lugar de que insistieran en arrancarle algo que no sabía. Sí, su cabeza a veces iba demasiado lejos y veía las cosas muy negativamente. Pero no podía dejar de considerarlo una virtud en aquellas circunstancias.

Elena quiso también ayudarle con una alternativa laboral, pero Max se rehusó. Era cierto que necesitaba hacer algo, más que nada por higiene mental, pero en esos momentos no se sentía capaz de asumir el compromiso que representaba un trabajo. Tras insistir con vehemencia, Elena se dio por vencida, no sin dejarle claro que la puerta que le abría permanecería así para cuando lo desease. El trabajo en cuestión consistía en ejercer de «solucionador», algo que a Max no le sonó tan bien como a ella le parecía, a pesar de que Elena insistió en que era una profesión de lo más normal en aquellos lares. Hasta tenían un sindicato.

Una vez más, las cosas no resultaban como había pensado. Solo que esta vez para bien. No estaba todo hecho y tenía todavía mucho por delante. Y eso sin contar con todo lo que estaba todavía abierto pero que no era ni inmediato, ni urgente. Sí, era importante, pero no podía hacer nada por ahora para solucionarlo.

Tras almorzar, Elena se tomó la inevitable siesta para reponer fuerzas de cara a la noche. Max se encargó de lavar los platos y después salió a comprar algunas cosas en un supermercado cercano. Lo hizo todo con parsimonia, sin apresuramiento. No había razones para tener prisa por nada.

Por la tarde, Elena se levantó convertida en un torbellino de actividad. Salió a la peluquería como una adolescente barriobajera con resaca y regresó convertida en la mujer que despertaba tantas pasiones que era imposible resistirse a abrir la cartera. No mucho después, se marchó. Apenas cruzaron palabra, pero se despidió de Max con un beso en la mejilla y guiñándole un ojo.


El anochecer había concluido su función hacía rato cuando Max decidió apagar de una vez la televisión. Se puso en pie y miró por la ventana. La ciudad salpicada de luces se veía serena.

Por primera vez, no solo desde que llegó a aquel apartamento sino también a la isla, él se sentía igual. Era como si su clima interior se hubiese apaciguado. Sabía que eso no sería eterno, pero decidió aprovecharlo en aquellos momentos como si lo fuera. Al fin y al cabo, lo único que tenía entre sus manos era el presente: el pasado se iba alejando cada vez más tras de sí y el futuro nunca terminaba de llegar.

Había aún muchas preguntas que contestar, pero no podía hacer nada para encontrar sus respuestas. Era consciente de que habría días en que esas preguntas le atormentarían, pero ahora no importaban. En aquel momento, no eran relevantes.

También sabía que la calma era temporal. Siempre se hablaba de «la calma antes de la tormenta» o de que «después de la tormenta, viene la calma»: ambos proverbios solo servían para indicar que siempre hay calma entre tormentas. Pero ahora, lo importante no era la tormenta que pasó ni la que viniese, sino la calma en la que estaba.

Miró a su interior. Todo estaba dormido. Todo era paz. Sí, tras aquella puerta podía sentir como sus demonios se agolpaban unos sobre otros, esperando la oportunidad para saltar sobre él; peleaban entre sí por ser el primero en romperle en pedazos. Tras otra puerta, veía como el agua del pasado se filtraba gota a gota entre las junturas: cuando se abriese, lo inundaría todo. Y tras una tercera, estaba la incertidumbre, golpeándola con violencia, exigiendo a gritos que le deje pasar, que es importante que tome nota de ella, que la abrace, que la escuche, que su vida dependía de ello.

Se alejó de las puertas y volvió a la ciudad, al paisaje que perfilaba un horizonte desigual. Quisiera o no, y sin saber durante cuanto tiempo, aquello era su nuevo hogar. Más le valía acostumbrarse.

Sí, lo haría. Porque después de todo lo que había pasado, de todo lo que había venido de fuera y de dentro, a pesar de todo ello… había sobrevivido.

En aquellos momentos, estaba vivo. Eso era lo que importaba.

Y había que hacer algo con ello.


Fin de «Desde las cenizas»