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Desde las cenizas (IV): puntos de sutura

Max no recordaba nada de la primera noche. Cuando despertó, le costó varios minutos hacerse una composición de lugar e identificar donde estaba.

En base a retazos, dedujo que estaba en casa de Elena. En base a su olor, dedujo que se había duchado.

Oyó ruido fuera: agua corriendo, vajilla chocando, aceite salpicando. Olor a café recién hecho.

Miró a su alrededor. Estaba completamente desnudo pero no había rastro de sus ropas. Parecía que todo lo que quedaba de lo que llevaba encima estaba sobre la mesilla de noche: el teléfono.

Por un instante, se alarmó: ¿y el resto de cosas? ¿Y el petate donde estaba lo que le quedaba, donde estaba…?

Y entonces, todo lo del día anterior se volcó en su cabeza.

Se sentó en la cama.

¿Por qué la había llamado? ¿Por qué la pidió ayuda? Aquello era una error.

Durante unos instantes, todos sus músculos se tensaron. Tenía que salir de allí, tenía que volver a…

¿Volver a dónde?

¿Al suelo mugriento, a aquella habitación infecta? ¿A las paredes desconchadas en las que rebotaban sus pensamientos hasta estallar en su cabeza?

Miró entonces de nuevo a su alrededor. Había un chandal sobre una silla. Se lo puso. No era de su talla, pero logró embutirse en él forzando las costuras hasta su límite.

Abrió la puerta y salió a un pasillo. Este terminaba en un gran salón comedor que tenía una larga mesa, un par de sofás y sillones, una televisión, un mueble con estanterías cubriendo una de las paredes y una… un gran ventanal desde el que se veía gran parte de la ciudad.

El cielo era un gran techo gris, pero entre algunas de sus grietas se colaba la luz del sol.

Hubo un tiempo en el que creía en las señales. Siempre lograba encontrar alguna que le indicaba, según él, lo que iba a ocurrir. Sabía que era una superstición y consiguió abandonar esa costumbre. Porque era muy fácil encontrar señales en todo, siempre sincronizadas con su estado de ánimo, siempre diciéndole lo que quería oír.

Ahora, durante unos instantes, comprendió que era un juego en el que uno dictaba las reglas: podías decidir qué era y qué no una señal. Hacerlo a tu conveniencia, según lo necesitases. No como una manera de interpretar el destino, sino como una herramienta para forjarlo.

El pensamiento fue vago y se fue de la misma manera que vino. Pero la confortable sensación que le dejó, permaneció.

Se dio la vuelta. Elena estaba allí, envuelta en una bata color crema que contrastaba con el color de su piel. Ahora pudo fijarse mejor: su pelo era corto.

Le miraba en silencio.

Él intentó sonreír. No supo que mueca exactamente puso en su cara.

—¿Cómo estás? —dijo ella.

No quiso intentar lo de la sonrisa otra vez, así que solo asintió. Fue ella la que sonrió.

—Creo que deberíamos empezar por decirme tu nombre, ¿no? —dijo ella— De alguna forma he de llamarte.

Él giró la cabeza y miró de nuevo al desigual paisaje de la ciudad. Altos edificios se alternaban con casitas bajas. Y en el cielo, aquella grieta por la que el sol conseguía abrirse paso.

—Max —dijo él—. Me llamo Max.

—Muy bien, Max. El desayuno está listo.


Aquel primer día fue muy ajetreado. Comenzó con una visita al estilista de Elena. Max rehusó a cortarse el pelo y afeitarse, pero al menos sí accedió a que se lo dejasen en condiciones. Al salir del local ya no parecía un vagabundo. O al menos, no tanto, porque seguía desentonando junto a ella, especialmente después de que Elena pasase por un trabajo rápido pero concienzudo de acicalamiento.

La cosa mejoró un poco cuando pudo ponerse algo de su talla. Ella le llevó a una tienda que rebosaba de marcas de lujo, pero lo más que aceptó fue comprar un traje, un par de vaqueros y algunas camisetas. Y también dos chándales. Todo negro. Elena quiso comentar algo acerca del paralelismo entre su paleta de color preferida y su humor, pero se contuvo. Todavía no era el momento.

Cargados de bolsas, almorzaron en un restaurante donde Elena saludó a todo el mundo. Max observaba todo con cierto aturdimiento, como si fuera un reflejo del que experimentaban desde el metre a los camareros al verle en compañía de la mujer. Incluso ya vestido de forma más decente, la discordancia entre ambos era muy evidente.

Comieron en silencio. De vez en cuando, Elena hacía algún esfuerzo para romperlo: que si le gustaba la comida, que si quería más, que si quería otra cosas para beber. Pero él solo respondía con movimientos de la cabeza.

Por la tarde, tras dejar las compras en casa, salieron a pasear. Las nubes se habían abierto y las calles estaban inundadadas por una luminosidad sorprendente. No había llovido aquella mañana, pero todo daba la impresión de estar limpio, reluciente, con esa pulcritud que termina dejando la lluvia cuando hasta los charcos se han evaporado.

El apartamento de Elena estaba situado en una zona muy céntrica de la ciudad, teniendo no muy lejos la parte más comercial y aquella a la que se refirió como «la zona de farra». A Max no dejaba de asombrarle el contraste de las construcciones: podías encontrar un edificio de 12 pisos situado entre dos casitas de uno o dos. No era la primera vez que veía algo similar: en muchos sitios de latinoamérica podían verse paisajes parecidos.

Había mucha gente por las calles. Las clases sociales se entrecruzaban con una fluidez que también le parecía sorprendente. Un trajeado impoluto podía estar comprándole con toda naturalidad un paquete de chicles a una señora que tenía su pequeño puesto de chucherías en una caja de madera sobre una banqueta. Coches que deberían ser retirados de las calles por su antigüedad se cruzaban con últimos modelos cuyo precio era claramente obsceno. Grupos de chicos a la moda se cruzaban con gente cuyo fondo de armario cabría en una caja y sobraría espacio.

No, no era nada nuevo para él. Pero le sorprendía que allí también fuese así. Esperaba otra cosa.

Elena le miraba mientras caminaban. Lo hacían en silencio también, como durante la comida. Sin embargo, ahora ella pareció percibir que él estaba más relajado, más tranquilo, como si salir a la calle le hubiese sacado de algún otro sitio más que de la casa.

—¿No habías estado por aquí? —le preguntó.

Él de nuevo contestó solo con la cabeza. Pero ahora, por primera vez, no parecía que lo hiciese porque las palabras estuviesen taponadas en su interior.

—¿Cuánto tiempo hace que viniste?

Max sacó su teléfono y miró la fecha.

—Más de un año —respondió.

Elena fue a decir algo, pero se detuvo cuando, ante su sorpresa, él siguió hablando.

—Todo lo que hice al llegar fue buscar un sitio donde quedarme. Tenía que… No podía… —se detuvo, balbuceando—. No puedo decírtelo.

—Escucha —dijo ella—, todo el mundo que llega aquí viene huyendo de algo. Hay una regla no escrita: nadie pregunta sobre el pasado de nadie. No es necesario dar explicaciones. Es bueno que lo sepas. Te ahorrará más de un momento embarazoso. Si alguien te pregunta qué hacías antes de venir aquí, desconfía.

Él asintió. Miró a Elena.

Y por primera vez, quién sabe en cuanto tiempo, sonrió. Lo hizo de verdad, y no con una mueca extraña. Era una sonrisa natural, relajada, sincera.


Puntos de sutura

Por la noche, Max renunció a quedarse en el salón viendo la tele. Se encerró en su dormitorio y se tumbó en la cama con la luz de la pequeña lámpara de la mesilla como toda iluminación.

Había temido este momento durante todo el día. El momento de estar a solas, el momento en el que no hubiese distracciones que frenasen el paso a todo lo que rondaba por su cabeza, el momento en el que el pasado, con todos los errores, remordimientos y arrepentimientos caería a plomo sobre su cabeza, anegando todo.

Se quedó esperando, mirando al techo. Vendrían: estaba seguro de que los demonios vendrían. En circunstancias normales, le bastaban cuatro horas de sueño para sentirse recuperado, las cuales, haciendo un esfuerzo, conseguía estirar hasta seis para estar más o menos igualado con el horario de los demás. Pero desde que llegó a la isla, hubo días en los que no llegó a dormir en absoluto, viajando en el tiempo dentro de su cabeza, acompañado por la culpa, por los tropiezos, por los fracasos.

Cerró los ojos. Que viniesen. Era su momento. Durante todo el día los había sentido en su interior, acechando, esperando cuanto fuese necesario para salir y comerse su alma. Lo que había ocurrido durante el día no era la realidad. La realidad estaba dentro de él. Era momento de enfrentarla.

Pero se quedó dormido.


Puntos de sutura

Los días siguientes no fueron como aquel, como el primero. No sabía de qué era «primero», pero sentía en su interior que lo era.

La mayor parte del tiempo se sentía como si estuviese tratando de avanzar a través de arenas movedizas. Lograba abrirse paso trabajosamente pero algo se empeñaba en tirar de él hacia abajo. Conseguía mantener la cabeza arriba lo suficiente para respirar, pero le era muy difícil moverse.

Aun así, lo hacía. Se movía. No sabía hacia donde, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo sentía que se movía hacia alguna parte. Y algo, en alguna parte de él, le decía que ahora lo importante no era la dirección. Ya la descubriría más adelante. Lo fundamental era que se moviese.

Por primera vez, el dolor dejaba de ser como un tronco lacerante con el que le hubiesen traspasado de parte a parte, empalándole y dejándole a merced de los elementos. Ahora, se parecía más a una espada que se clavase en su pecho. Dolía, pero no tanto como antes.

A veces, incluso conseguía levantar barreras. Cuando algo despertaba un recuerdo, lograba apagarlo. No del todo: ahí seguían las ascuas, en espera de que algo las alimentase. Y en ocasiones se prendían de nuevo, con una intensidad capaz de derretir el andamio interior que había ido construyendo durante el día.

Pero una convicción fue forjándose con los hierros que quedaban retorcidos, después de fundirse con el calor abrasador del pasado. Al día siguiente, podría reconstruirlos.

Y lo haría las veces que hiciese falta.


Puntos de sutura

No se dio cuenta de cuándo empezó a hacerlo, pero comenzó a interesarse por lo que le rodeaba, a descubrir los detalles del lugar en el que debía habitar durante aquel exilio indefinido.

Cebos Topoi.

Topoi era la ciudad en la que se encontraba. Cebos era la que bordeaba la costa este, apenas más que un barrio pero que, de facto, tenía su propia entidad. Administrativamente, estaba supeditada a la autoridad de Topoi, pero el vicealcalde se comportaba a todos los efectos como si fuese el alcalde de aquella franja costera.

—¿Y el alcalde le deja hacer y deshacer a su antojo? —le preguntó un día a Elena.

—La filosofía de Reyes: mientras no le jodas, haz lo que quieras. El vicealcalde bordea muchas veces la línea, pero se esfuerza en no traspasarla. Reyes valora eso.

—¿Reyes?

—El alcalde.

—¿Y qué dice el presidente?

Elena se echó a reír.

—Reyes es el presidente, cariño. Aquí le llamamos «alcalde» porque es lo que él prefiere. Bueno, él y todos los que han estado en el puesto.

Más tarde, la cabeza le jugaría una mala pasada a Max: se acordó de aquel «cariño» dejado caer con descuido en mitad de una frase. Fue el hilo del que, al tirar, vinieron recuerdos armados con espadas, lanzas, mazas y látigos.

Apenas se pudo defender. Se dejó vapulear.

Aquella fue una mala noche. Si llegó a dormir algo, más tarde no lo recordó. Pero entonces, viendo por el amplio ventanal del salón como la luz del amanecer iba iluminando los tejados de la ciudad, se dio cuenta que era la primera vez en muchos días que le pasaba esto.

Debía de ser un signo de algo.


Puntos de sutura

Su humor fue cambiando. Cada vez hablaba más. Siguiendo el consejo que le había dado, no le contaba nada a Elena de su pasado. Igualmente, tampoco lo hubiese hecho. Pero preguntaba mucho. Aquella isla no era muy diferente de otros sitios que había conocido, al menos en apariencia. Pero existían pequeños detalles que llamaban la atención y que su instinto le decía que eran importantes.

La mayor parte del tiempo estaba taciturno. A pesar de ello, hacía el esfuerzo consciente de abandonar ese estado. Tras dos semanas, Elena había vuelto a trabajar. Eso quería decir que dormía hasta casi el mediodía y que, por la tarde, se iba a la peluquería a arreglarse para el cliente de turno.

Se veían muy poco. Esto le dejaba a Max mucho tiempo para estar solo. Un tiempo que su cabeza se empeñaba en utilizar para jugarle malas pasadas, planteando preguntas sin cesar.

La más dolorosa: si DK le amaba, como él se empeñaba en pensar, ¿por qué le había hecho eso? ¿Por qué estuvo a punto de matarle?

Sabía cuál era la única respuesta. Pero se negaba a aceptarla. Todavía no podía hacerlo.

Nada nuevo. Durante todo su año de aislamiento voluntario en aquella casa, se había estado repitiendo lo mismo.

Pero ahora era diferente. No sabía exactamente en qué, pero lo era.

Quizá, se dijo a sí mismo, que ahora sentía que, tarde o temprano, terminaría por aceptar la respuesta.

Solo esperaba poder hacerlo antes de que ella apareciese de nuevo para terminar lo que no consiguió hacer.


Puntos de sutura

Debía haber pasado un mes cuando decidió que era momento de marcharse. Tomó la decisión tras una noche en la que se despertó al oír llegar a Elena. Miró el teléfono: las cuatro de la mañana.

Siguió su recorrido con el oído. Ella dejó las cosas en el salón, como hacía siempre. Después, se fue a su habitación y entró en el baño. Al salir, un periodo de silencio le hizo pensar que se estaba quitando la ropa. Y por último, un leve chirrido le indicó que se había metido en la cama.

Se levantó. En silencio, caminó por el pasillo y llegó al salón. El brillo de las farolas atravesaba las cortinas y dejaba en penumbra la estancia. Miró la puerta de la habitación de Elena. Estaba entreabierta.

Se acercó.

Solo vio un bulto inmóvil sobre lo que debía de ser la cama. No podía apreciar ningún detalle.

Se quedó mirando durante unos minutos.

Y entonces, acostumbrado a la oscuridad, vio como algo reflejaba la poca luz que llegaba hasta allí.

Elena le estaba mirando.

Desde ese momento, no supo cuanto tiempo pasó. Pudieron ser minutos, pudieron ser horas.

Pero finalmente se dio la vuelta y cerró la puerta.

No podía. No ahora.


Diálogo para uno

Aun así, tardó quince días más en decidirse.

Una mañana, muy temprano, regresó a la casa donde había pasado todo aquel tiempo. Se sorprendió al verla con otros ojos. ¿Cómo pudo pasar un año allí?

Sabía cómo. Pero evadió la respuesta. No había ido allí por eso.

No todo estaba intacto. Eso también era sorprendente. Lo único que le llamó la atención fue un grafiti que habían hecho junto a la puerta, un círculo con una raya atravesada.

Buscó en el armario de lo que se suponía que, siendo usado por personas normales, sería el dormitorio. Allí estaba el petate.

Lo abrió. Tenía todo aquello con lo que había venido. Ahí estaba la pistola, algo de munición, parte del equipo que consiguió llevarse y lo más importante: el disco duro abarrotado de la información que había ido acumulando el IDASI durante todo el tiempo en que estuvo allí.

Ya llegaría el momento de hacerse preguntas y, quizás, encontrar respuestas. Por ahora, lo devolvió al fondo del petate.

Pero no pudo evitar echar un vistazo al equipo. A la máscara. No era lo único que estaba allí dentro, pero sí lo más importante.

Sonrió durante unos momentos al recordar como se cabreaba Benavente al escuchar a K referirse a ella como «máscara». «¡Es un puto casco!» insistía el doctor con vehemencia.

No era del todo cierto. La placa frontal negra que cubría toda la cara, ligeramente convexa, era la única parte rígida. Atrás, un elástico permitía fijarla a la cabeza con más firmeza, acompañado por unas correas que se ponían en torno al cuello. Por lo tanto, de casco tenía menos que de máscara. Él siempre había estado de acuerdo con K. Sobre todo, porque casi siempre K era el que tenía la razón.

Con la máscara entre las manos, se quedó mirando unos momentos al vacío.

Cerró los ojos.

Era difícil, muy difícil pensar en ellos en pasado. Cada verbo formulado en ese tiempo le desgarraba las entrañas.

No. Tampoco era el momento para eso. Pero llegaría. Sabía que llegaría.

Metió la mascara en el petate y abandonó la casa.


Días después, Max estaba de nuevo frente al ventanal. Eran las seis de la mañana. Esa noche, no pudo dormir.

Había decidido que, cuando despertase, hablaría con Elena.

No sabía que iba a hacer, pero había llegado el momento de empezar a caminar solo. Ella le había ayudado a levantarse. Cuidó de él sin necesidad de decir nada, de preguntar, de pedir explicaciones. Pero era el momento de marcharse. Tenía que irse antes de que, llevado por el dolor o quién sabe por qué, cometiese un error que terminara por mal pagar lo que ella le había brindado.

Cuando ella lo encontró, no podía imaginar que existiese alguien así en el mundo. Quizá fue su mera presencia lo que le permitió, si no curar, al menos coser la herida lo suficiente como para que esta no estuviese expuesta. Se la seguiría hurgando, lo sabía. Pero ahora era diferente. Sí, ella, con solo estar ahí, consiguió que fuese diferente.

Aunque no lo necesitaba, buscaría un trabajo. Serviría para mantener la cabeza ocupada. Todavía estaba desorientado, pero seguro que podría encontrar algo simple, algo físico. Aunque fuese de estibador. En todas partes siempre era necesario algo de músculo.

Miró el sobre que tenía entre las manos. Allí había una cantidad, en euros, con la que podría compensar de sobra todo lo que Elena había gastado en él. Sabía que la chica lo rechazaría, pero no importaba: él se lo daría igual.

Ya con un trabajo, podría empezar a conocer aquel nuevo mundo que le rodeaba. Era un sitio diferente, con reglas diferentes. No se encontraba cómodo allí, sabiendo que en cualquier momento podía cruzarse por la calle con un asesino en serie o un narcotraficante buscado en una docena de países. Pero tenía que acostumbrarse. Lo que una vez llamó «hogar» ya no lo era, y muy posiblemente no lo sería durante mucho tiempo.

Tenía que encontrar también un sitio donde vivir. Había estado echando un ojo por los alrededores. Le gustaba aquella zona. Además, todavía no conocía mucho más aparte de ella. Otra asignatura pendiente era la de descubrir…

Y entonces una voz le sobresaltó.

Una voz de hombre, con un marcado acento alemán.

—No tienes ni idea de lo que me ha costado encontrarte. Pero eso es una buena noticia.

Se giró.

Sí, era Andy.