Desde las cenizas (III): la tumba abierta


La tumba abierta

Cuando se percató de su presencia, no podía decir cuánto tiempo llevaba ahí.

Lo primero que vio de ella fueron unas zapatillas deportivas azules, a juego con su pantalón vaquero. Luego, sus delicadas manos de ébano dejando un paquete junto a él. Una de ellas llevaba una tirita.

Cuando su sistema auditivo se dignó a reaccionar, solo captó el final de una frase.

— … espero que te guste.

Max sacudió la cabeza y se medio incorporó, apoyándose en un codo. Estaba en el mismo lugar donde despertaba siempre, el suelo. Se apartó unos mechones sucios de la cara y alzó la vista. Era de día. A saber qué hora. No podía recordar a qué hora se durmió, salvo que el amanecer empezaba a despuntar.

Frente a él, de pie, mirándole desde arriba, estaba aquella chica. Sí, la de hacía unos días… o semanas, era igual. Tardó en reconocerla. Cuando lo hizo, tosió un poco antes de preguntar con voz aspera y desconcertad:

—¿Qué?

—Que te he traído comida. Que espero que te guste. —contestó ella con paciencia y un cierto deje de ternura.

—¿Por qué?

—Porque vi que tu casa estaba vacía y me imaginé que tu refrigeradora estaría igual.

Max sacudió la cabeza como si no pudiese creer lo que estaba escuchando. Le sonaba a algo completamente incongruente, un sinsentido dentro del mundo que le rodeaba, ese mundo oscuro en el que ahora habitaba.

—No… no entiendo. ¿A qué has venido?

—¿No has oído nada de lo que te he dicho antes? Hubiese jurado que estabas despierto.

—Sí, a lo mejor lo estaba. Pero no lo he oído.

Ella suspiró al tiempo que hacía un mohín de fastidio. Aún tenía el pómulo hinchado, pero había hecho un buen trabajo con el maquillaje y se notaba poco. Tampoco se notaba mucho el corte del labio, aunque estaba ahí para quien supiese ver.

—He venido a decirte que ya no tienes que preocuparte de aquellos tipos. Ya sabes, aquellos que… pues eso. No van a volver. Un buen amigo se ha ocupado de ellos.

—Cuando vine, ya no estaban.

—Ya no están en ninguna parte.

Max dudó por unos momentos. En realidad, aquella información no tenía ningún valor para él. No había vuelto a pensar en lo sucedido desde entonces.

—Y te he traído comida —continuó diciendo ella, ya que él no hablaba—. Para darte las gracias.

Max la miró. Por primera vez, se dio cuenta de que era guapa. Mucho. Estaba vestida de manera informal, pero parecía tener una elegancia natural que se manifestaba sin esfuerzo en todos sus movimientos y gestos. El ancho suéter que llevaba le dejaba un hombro al descubierto, lo que le daba un delicado toque sensual.

Pero cerró un momento los ojos y volvió a ver a DK.

—¿Estás bien? —dijo ella, acuclillándose frente a él— No sé si he venido en mal momento pero…

Extendió una mano y la puso sobre el hombro de Max. Este lo retiró como si le hubiesen tocado con un hierro al rojo vivo. Pero no abrió los ojos.

—Mira, volveré otro día ¿OK? Solo guarda eso en la refri para que no se dañe. Otro día vengo y hablamos un rato, ¿sí?

Max permaneció en silencio. Inmóvil. Ella se levantó. Si Max hubiese abierto los ojos, habría visto la expresión de pena que había en su rostro. Pero no lo hizo.

Oyó como los pasos se alejaban. Luego, como chirriaba la puerta.

—Por cierto, me llamó Elena —dijo ella antes de salir.

No obtuvo réplica alguna.


La tumba abierta

Desde entonces, Elena empezó a visitarle cada pocos días. Al principio, Max no lo entendía. ¿Quién era en realidad aquella mujer? ¿Por qué se empeñaba en acercarse a él? ¿La habían enviado a buscarle? Si era así, había tenido oportunidades de sobra para tenderle una trampa. ¡Qué una trampa! Podrían haberle capturado y sacarlo de la isla sin esfuerzo.

Pero no lo habían hecho.

¿Y si estaban espiándole, esperando el mejor momento? Pero qué mejor momento que aquel, en el que estaba derribado, derruido, todo su ser reducido a cenizas…

—¿Y si es algo completamente diferente? ¿Y si solo es una persona compasiva que te quiere ayudar? —se decía. Pero no se escuchaba. Porque desde que Elena fue a su casa, dejó de hablarle al teléfono.

Cada vez que iba, Elena le llevaba comida.

Solo la probó a partir de la tercera vez. Y a partir de la quinta, empezó a guardarla en la nevera cuando ella se marchaba.

Max nunca la miraba. Se esforzaba en no hacerlo. No tenía por qué. No era DK. Y si no era DK, ninguna otra mujer le interesaba. Ni como mujer, ni como persona.

Cada día que iba, Elena hacía algo diferente. La única constante era que dejaba el envase con la comida junto a él.

Unas veces se sentaba a su lado. Max no lo veía pero ella se le quedaba mirando con compasión durante largos minutos que terminaban formando horas. Después, tan solo se iba.

Otras veces, cogía una escoba que Max no sabía de donde había salido y barría el cuarto. Según podía oír, hacía lo mismo en otras partes de la casa.

Y las menos, le hablaba. En ocasiones, le exhortaba a que reaccionase; en otras, le rogaba. También le preguntaba cosas, pero él nunca le respondía. Y de vez en cuanto, le contaba partes de su vida que Max no escuchaba y procuraba olvidar a partir del mismo momento en que las decía.


La tumba abierta

El último día en que Elena fue, la peste que emitía Max ya era excesiva. Si se quedaba quieto, podía pasar por un cadáver en descomposición.

Elena le agarró de un brazo y tiró de él, sin conseguir moverlo. Solo quería ayudarle a ir hasta la ducha. Pero fue imposible.

—¡Basta ya! —gritaba mientras intentaba que se levantase— No puedes seguir así. Esto no es vida.

Pero Max no se movía. Era como una piedra que hubiesen dejado caer en aquel rincón. Elena era incapaz de moverle.

Finalmente, se dio por vencida. Frustrada, le dio un puntapie en el costado que apenas le afectó. Aquel día llevaba zapatos de tacón.

—No, ya no puedo más. Esto es una pérdida de tiempo. Necesitas ayuda, pero no quieres aceptarla. Pues vete a la mierda. Lo he intentado de verdad, pero esto ya es desesperante.

Max abrió ligeramente un ojo. Vio solo sus zapatos.

Oyó roce de ropa. Después, vio como caía en el suelo lo que parecía una tarjeta.

—Ahí tienes mi número. Te debo una y estoy dispuesta a pagarla. Pero solo si tú la quieres cobrar. Si no es así, muchas gracias por lo que hiciste.

Max vio como los zapatos se alejaban hasta que los perdió de vista. Pero siguió escuchando los pasos hasta que estuvieron más lejos de lo que podía imaginar.


La tumba abierta

Por primera vez en mucho tiempo, cogió el teléfono.

—Llámala.

—¿Para qué?

—Te quería ayudar.

—Ya se le tiene que haber pasado.

—¿Tú eres tonto? No podías salvarte tú mismo y vino alguien caído de el cielo para hacerlo. ¿Y piensas desaprovecharlo?

—Nadie puede salvarme. No hay nada que salvar.

—Ni tú mismo te lo crees. Yo soy la prueba.

—Solo pruebas lo loco que estoy.

—…

—¿No dices nada?

—Sí, lo mismo que ella: vete a la mierda.


El apartamento de Elena era demasiado grande para una persona sola, pero cuando lo alquiló lo hizo pensando en recibir allí a sus clientes. Eso solo duró una temporada. Ahora, todos los servicios los realizaba fuera. Era lo que ellos pedían.

Pero aunque le sobraba espacio por todas partes, se había esforzado en convertirlo en algo a lo que poder llamar «hogar». Consiguió hacerlo acogedor, a pesar de que cada vez que compraba un sillón, una mesita, un cuadro o hasta una figurita de porcelana nueva, se preguntaba que haría con todo eso cuando se fuese. Porque se iría. Su idea persistía en su cabeza: aquello era tan solo temporal. Un día se marcharía de allí y se pondría un negocio en el continente. Pero, en ocasiones, no podía evitar preguntarse por qué tenía la sensación de que ese día parecía estar cada vez más lejos en lugar de más cerca.

Estaba viendo la televisión cuando sonó el teléfono. Bajó el volumen y cogió el aparato, que siempre lo tenía cerca de ella. Nunca se sabía cuando un cliente iba a requerir de tus servicios.

—Hola, cariño —contestó con una voz tan sensual que el teléfono rompió las leyes de la física al no derretirse.

Nadie contestó al otro lado de la línea.

—Hola, cielo —insistió. A veces, los nuevos se cortaban. Ya tenía una clientela establecida y no le gustaba mucho salirse de ella, pero de cuando en cuando aparecía alguien nuevo y no estaban las cosas como para desperdiciar oportunidades.

Otra vez, no hubo respuesta. Pero ahora sí pudo escuchar el sonido de una respiración al otro lado.

Ya estaban otra vez los pajeros jodiendo. ¿Es que no tenían bastante con el porno de Internet?

—Mira, majadero, vete a hacértela a… —pero se interrumpió. Alguien había dicho algo al otro lado— ¿Qué?

—Ayúdame.

—¿Quién eres? ¿Con quién hablo?

—…

Entonces, Elena cayó en cuenta. Hacía tres días que fue a su casa por última vez y había hecho esfuerzos deliberados en olvidarle. No era asunto suyo. Aquel tipo de cosas siempre le traía problemas, y una parte de sí misma se alegró de que todo hubiese terminado. Pero otra…

—Eres tú, ¿verdad?

—Ayúdame.

Elena esperó unos segundos. Todo lo que tenía que hacer era cortar la comunicación. Ni siquiera sabía quien era aquel tipo. Podía ser un vagabundo que mató a su mujer y que ahogaba la autocompasión en alcohol. Y con aquellos golpes que repartió, podía ser un matón de la mafia venido a menos que se estaba escondiendo de un ajuste de cuentas. Pero aun así…

—¿Dónde estás?


La tumba abierta

Cuando se bajó del taxi, caía una lluvia torrencial. El paraguas que llevaba tan solo la cubría parcialmente, porque el fuerte viento se esforzaba en esparcir el agua por todas partes.

—Ni se le ocurra irse —le gritó al conductor. Después, caminó unos pasos. No le veía. Pero la lluvia caía tan fuerte que no alcanzaba a ver más allá de unos pocos metros.

Siguió avanzando mientras pensaba que quizá se había arrepentido y la había hecho ir para nada. Estaba maldiciéndose a sí misma cuando alcanzó a distinguir una figura alta y corpulenta parada en la esquina.

Llegó hasta él. Estaba tan solo parado ahí, empapado. Eso hacía que oliese peor. El pelo mugroso le caía sobre la cara y se confundía con la barba.

Elena extendió la mano y le tocó el brazo. Él alzó la vista y la clavó en sus ojos.

El murmullo fue casi inaudible por el sonido del agua golpeando contra el asfalto. Pero Elena lo entendió.

—Ayúdame.

Entonces cayó al suelo, de rodillas. Se abrazó a sus piernas.

—Ayúdame —repitió.