Así es mi proceso de trabajo en este proyecto


Tener un diario es algo bastante útil. Yo tengo uno. En él anoto no solo pensamientos y reflexiones introspectivas, sino también (aunque no tanto) cosas que he hecho durante el día que me parecen relevantes tenerlas documentadas (al menos, en ese momento; más tarde es posible que no lo vea así, pero no borro nada) y también ideas y reflexiones sobre mis proyectos, trabajos y escribir en general.

Muchos autores recomiendan tener un diario de proyecto. Por ejemplo, un diario por cada novela. Yo eso lo mezclo con mi diario personal por ciertas razones que no vienen a cuento, aunque una de ellas es porque prefiero tener centralizado todo en un mismo sitio en lugar de tener documentos dispersos. A lo mejor, algún día cuento como hago para tener todo organizado y encontrarlo con rapidez (cosa que no podría hacer sin la tecnología).

Supongo que te estarás preguntando a que viene todo esto y qué relación tiene con este sitio. Pues la siguiente: desde hace varios días venía dándole vueltas a la necesidad de anotar el proceso que estoy siguiendo para escribir lo que aparece aquí con el objetivo de sacarlo de mi cabeza, verlo desde fuera, analizarlo y pulirlo. Y también para tenerlo de referencia para cuando vengan momentos en los ese proceso se desestabilice y necesite recuperarlo. Que como dice Isaac Belmar, es muy fácil olvidarnos de las cosas importantes, más de lo que creemos. Y este proceso lo es para mí.

Y entonces me dije, ¿por qué no hacerlo público?

Así que aquí estoy.

Cómo trabajo

Así es mi proceso de trabajo en este proyecto

La motivación para escribir esto viene de este artículo de Gabriella Campbell acerca del sistema de tres cubos. Si te gusta escribir, tienes ciertas ambiciones respecto al tema y no has visitado aún el blog de Gabriella, no sé que narices haces aquí, en serio. Vete allí inmediatamente y luego, si eso, vuelves.

El caso es que al leer ese artículo (divagación: cada día estoy más a favor de usar la palabra «artículo» en lugar de «post» o «entrada»), me di cuenta de que uso algo bastante similar a dicho sistema. El mío se compone de cuatro pasos: idear, escribir, editar y publicar.

Estos pasos los sigo en ese orden a lo largo de cada jornada de escritura, pasando al siguiente cuando concluyo el anterior, aunque con matices que explicaré a continuación.

De lunes a viernes, destino a escribir para este proyecto la misma cantidad de tiempo y lo hago en el mismo horario. En concreto, dedico 4 pomodoros, que vendría a ser algo así como 2 horas (sí, uso la técnica Pomodoro; aquí hablé un poco sobre ella). Es cierto que hay días excepcionales en los que, por causas externas, no puedo dedicar ese tiempo. Ya se sabe: ahí fuera hay un mundo que se empeña en interferir con tus planes. Pero son eso, excepcionales. Así que pasemos de ellos, al menos ahora.

Imaginemos una semana cualquiera en la que comienzo el ciclo de los cuatro pasos. El primero es el de idear, el de argumentar, el de decidir qué narices voy a escribir a continuación. Este es el paso que, en la actualidad, no cumplo tan a rajatabla pues lo distribuyo a lo largo de todo mi tiempo. Por ejemplo, cuando voy a dar un paseo, cuando voy a hacer la compra, cuando me desplazo a algún sitio… En esos momentos, y no siempre, suelo darle vueltas a las cosas y siempre termino dando con los lineamientos generales del siguiente capítulo o de alguna historia que contaré en algún momento.

Una vez tengo el germen de lo que voy a contar, lo anoto en un documento de Scrivener. Intento que sea un texto en el que figuren, por lo menos, los puntos más importantes que quiero tocar en la historia. Una especie de outline, vamos. Nada de frases cortas, no. Eso no me sirve para nada. Y tengo que indicar, sobre todo, como acaba la historia.

Como esto es algo que suelo hacer en mi cabeza con antelación, el proceso de ponerlo por escrito me lleva poco tiempo. Pero digamos que no es así. Digamos que no tengo ninguna historia con antelación. Entonces, me pongo frente al teclado hasta que se me ocurre alguna. Cuando por fin la tengo, pasando primero por un proceso que implica levantarse varias veces y deambular de un lado para otro, la anoto y llega el momento de escribirla; es decir, de pasar al siguiente paso.

Si estoy estoy a mitad de una jornada y he anotado todo lo que necesito saber para ponerme a escribir, paso directamente a escribir el principio hasta que se agotan los 4 pomodoros correspondientes. Pero digamos que es una jornada «perfecta»: he empleado los 4 pomodoros para argumentar la historia completa. Entonces, al día siguiente me pongo a escribir.

Dependiendo de la historia en cuestión, el tiempo que me lleva escribir varía. Por ejemplo, la próxima historia que aparecerá me llevó algo más de una semana. En ese tiempo me atasqué un par de veces, pero seguí adelante. Y esto es importante: seguir adelante, así no tengas muy claro lo que estás escribiendo (sí, puede suceder por mucho outline que tengas).

Como esto es un ejemplo, imaginemos que la historia en cuestión me lleva en total 8 pomodoros, lo que equivale a dos jornadas. El lunes argumenté, el martes me puse a escribir y el miércoles terminé. Perfecto. El jueves, entonces, toca editar.

Pero las cosas casi siempre distan mucho de ser perfectas. Lo normal es que termine de escribir a mitad de jornada. O puede pasar que ocupe tan solo 1 pomodoro de los 4 de la jornada. Si ocurre esto, lo que hago es no pasar al siguiente paso. Me detengo y me entrego a otras tareas relacionadas con el proyecto. O, y de nuevo vuelvo a los casos excepcionales, simplemente doy por concluida la jornada para entregarme a otras obligaciones. Pero el proceso de edición nunca sigue inmediatamente al de escritura, por muy corto que haya sido este.

Como expliqué aquí, mi prioridad en estos momentos con este proyecto es mantener una periodicidad estable. Es por ello que dejo reposar a los textos tan poco tiempo: apenas 24 horas. Pero reposar, reposan. No es buena idea editar inmediatamente después de haber redactado.

¿Y cuáles son esas «tareas relacionadas con el proyecto»? Pues hay de todo: cosas de promoción como definir estrategias (estoy en ello) o simplemente publicar en redes sociales, mantenimiento del sitio (instalar actualizaciones, probar plugins, modificar configuraciones, etc.), búsqueda de imágenes y vídeos… Algunas son cosas secundarias pero que deben hacerse en algún momento. Y es que en cualquier sitio web, del tipo que sea, siempre queda algo por hacer.

Bueno, asumamos entonces que llega el siguiente día, que en el ejemplo que estoy usando es el jueves. Entonces me pongo a editar. Y, como en la escritura, le dedico el tiempo que considere necesario. No me esfuerzo en concluirlo en un periodo determinado. Tan sólo leo y voy corrigiendo y haciendo los cambios que considere necesarios. Dependiendo del texto, me puede llevar más o menos tiempo. Pero no lo someto a una tercera ni mucho menos a una cuarta lectura. Ahora, hoy por hoy, para mí no es el momento de hacer algo que es lo más recomendable que se puede hacer.

Terminada la edición, llega la publicación. Entre estos dos pasos no dejo ningún tiempo. ¿Que lo he editado? Pues hala, pa’l sitio. Sin pensar, que ya lo dijo Radio Futura en esa joya que es «A cara o cruz»: «la cosa se pierde color / cuando la piensas dos veces / y más dispuesto pareces / a pensar en lo peor».

La publicación implica varios pequeños pasos: pasar el texto al editor de WordPress, dar formato donde sea necesario, incluir enlaces si amerita… y, sobre todo, buscar imágenes alusivas a lo que se cuenta. Algún día me gustaría contar con ilustraciones originales, pero por ahora me tengo que conformar con esto. Eso sí, si alguien quiere colaborar de forma altruista, estoy abierto a escuchar propuestas 😉 Ah, claro: y buscar vídeos con los temas que estoy incluyendo a manera de banda sonora.

Una vez está todo como se supone que debe estar, programo la entrada. Y aquí llega el momento de tocar el tema de la periodicidad, que lo cierto es que era lo que quería abordar aquí, aunque no sabía como hacerlo. En estos momentos, tampoco lo sé, así que voy a entrar en ello como elefante en cacharrería.

En un principio, pensé en ir sacando los textos a medida que los fuese terminando. Pero, por mucha urgencia que sintiera, también es cierto que la periodicidad es algo que se agradece por parte del lector. Funciona mejor algo que sabes que aparece cada X días que aquello que lo hace de manera irregular. Esto puede parecer que choca con lo que yo mismo he dicho antes, pero no es así. De lo que se trata (para mí, ahora) es de encontrar un equilibro entre la producción y la publicación, exigiéndome pero sin llegar al punto de que degenere en una carga demasiado pesada.

Por ello, decidí que mi periodicidad iba a ser una que pudiese manejar, que resultase aceptable. Y esa resultó ser la de dos veces a la semana: martes y jueves. Me había propuesto no hacer pública esta periodicidad, sino que se sobrentendiese al ver que esos días son cuando aparecen capítulos o episodios (que todavía no tengo claro como denominarlos), pero al final he terminado cayendo en la tentación de decirlo.

Esta periodicidad sonaba bien en un principio. Pero me encontré con un problema: que funciona mejor para las historias episódicas que para las autoconclusivas.

Me explico: en mi cabeza, tengo claro como estructuro este proyecto. Se trata de alternar historias que continúan durante varios episodios (a las que denomino «arcos argumentales») con historias autoconclusivas que, por lo general, tenderán a ser más largas que dichos episodios. Estas últimas requieren de más tiempo para su creación, de manera que si quiero mantener esa alternancia, no puedo publicar con la periodicidad de dos veces a la semana.

Por lo tanto, al final me decanté por alterar la periodicidad. Para arcos argumentales, la periodicidad será de dos veces a la semana (recuerdo: martes y jueves). Cuando lo que vaya a publicar sea una historia autoconclusiva, la periodicidad será semanal: los miércoles.

¿Y cómo encaja en este esquema este tipo de artículos, los que he puesto en la categoría «MetaMax»? Pues, por el momento, encajan un poco a la fuerza. Según tengo la impresión, aparecerán antes, durante o después de un arco argumental. Aquí me reservo ser un poco anárquico, pues al fin y al cabo este es un proyecto en continua evolución.

Todo esto que acabo de decir acerca de la periodicidad se sujeta a la «regla de oro»: no se publica nada hasta que esté terminado. Lo que quiero decir con esto es que, si en algún momento me atasco con una historia, por mucho que lo que quiera conseguir con este proyecto sea generar material de manera continua y sostenida, tampoco me voy a presionar en exceso y voy a sacar algo que no sea mínimamente satisfactorio para mí. Si resulta que una historia autoconclusiva me está costando mucho y se acerca el miércoles en que debería salir, pues esperará hasta el siguiente miércoles. Si el episodio de un arco se me atraganta y debería salir un martes pero todavía no está listo, pero ese martes no habrá publicación y saldrá el jueves o el martes de la semana siguiente. Y claro, aquí estoy hablando tan solo de atascos creativos, pero también me refiero a lo que decía antes del mundo exterior. Afuera ocurren cosas que nos afectan y a veces no podemos evitar sufrir esos efectos.

Conclusión

Resulta difícil terminar un artículo como este, en el que he usado un tema como excusa para contar otro. No hay ninguna conclusión que sacar de esta exposición que he hecho y me siento tentado a cortar por lo sano, ya que aquí hay mucho de anotación de trabajo exhibida impúdicamente.

Seguramente podría haberlo hecho mejor si me hubiese dado un tiempo adicional para trabajarlo. Pero ¿sabes lo que pasa? Que lo próximo que aparecerá por aquí es una historia autoconclusiva y no quería dejar vacío un jueves. Así que me puse a pergreñar este texto en parte como relleno, en parte como… pues eso, anotación con vocación exhibicionista.

¿Y dónde queda eso de «no presionarse», «no sacar algo con lo que no esté contento», no sacar relleno, en resumen? Pues supongo que queda en el mismo sitio donde suelen anidar todas nuestras contradicciones.

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